DEVOCIONALES
¡Ámate!
Amate a ti mismo y proyecta en los otros la gratitud que sientes en tu corazón porque Dios te amó primero. No te olvides, ama a tu prójimo, pero como a ti mismo.
Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. (Mateo 22:39)
Esta es una orden divina. Ama a Dios, pero ámate también a ti. Si no te amas tú mismo, no podrás amar a los otros. Pero amarse a sí mismo con equilibrio, resulta difícil después de la entrada del pecado a este mundo. Necesitas sentirte digno de ser feliz y de realizarte como persona. Parece fácil pero no lo es. Implica reconocerte en condiciones de ser querido tal como eres.
El pecado hace dos cosas terribles. O te lleva a creer que eres el centro del universo, o hace que te sientas sin ningún derecho de ser feliz. Existe mucha gente que cuando se mira en un espejo no puede evitar compararse con los demás y cree que no vale nada y no sirve para nada. Eso es lo que aprendió desde niño, con la ayuda de padres exigentes que a veces le enseñaron a compararse con los demás.
Lo triste de todo esto es que el cuerpo expresa constantemente lo poco que te quieres, con malestares, y enfermedades. Los problemas de relación también son una evidencia de falta de autoestima, porque lo que haces contigo mismo, lo haces también con los demás. Gente querida, que vive a tu lado, termina siendo víctima de tu frustración y descontento.
Sí no te amas a ti mismo, ¿Cómo estarás siempre conforme, disfrutando de la vida y valorizando a los demás?
Tu vida se transformará en un calvario de calamidades y en una cadena de desencuentros, errores, fracasos y accidentes, que te harán sentir miserable.
Todo lo que parece estar mal a tu alrededor es resultado de un proceso autodestructivo inconsciente, de una forma de pensar negativa que solo crea problemas.
Pero la buena noticia es que Jesús vino a este mundo, no solo a morir por tus pecados, sino también, a devolverte el equilibrio de tu valor. Ama a Dios con todo tu corazón y el resultado natural de esa entrega será tu propia valorización.
Con este pensamiento en mente, sal para enfrentar las luchas de este nuevo día. Por donde vayas, valoriza a las personas, reconóceles la dignidad, enséñales a crecer. Quiere decir, ámate a ti mismo y proyecta en los otros la gratitud que sientes en tu corazón porque Dios te amó primero. No te olvides, ama a tu prójimo, pero como a ti mismo.
Cada día
Sal con tu confianza depositada en alguien que jamás sufre derrotas. Pero concentra todas tus fuerzas para solucionar los desafíos de hoy. Deja los de mañana, para mañana.
El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. (Mateo 6:11)
Hay dos expresiones que están colocadas, no sin motivo en la oración maestra de Jesucristo. Las expresiones son “cada día” y “Hoy”. Tienen que ver con el tiempo. Con vivir el tiempo. Saber vivir el tiempo. Jesús sabía que uno de los males del ser humano a través de todos los tiempos, sería el mal de la ansiedad. La ansiedad es la extraña y obsesiva preocupación por problemas que, en la mayoría de los casos, todavía no existen. Los inventamos, los imaginamos y morimos a los pocos porque no podemos solucionarlos.
En la famosa oración del Padre Nuestro, Jesús nos enseñó a pedir para hoy, el pan de cada día. Deja para mañana el problema de mañana. Basta a cada día su afán. ¿Por qué deberíamos confiar en el pan de hoy? Porque ya es nuestro. “Danos nuestro pan,” dice la oración.
A lo largo de los tiempos esta fue una dura lección de ser aprendida por los hijos de Dios. En el desierto, mientras el pueblo de Dios peregrinaba, tuvo lugar un incidente que muestra la exagerada preocupación del pueblo por los problemas de mañana. Sucedió cuando Dios les envió maná del cielo para alimentarlos. El Señor les había dado la orden de recoger solo para el día. Pero los israelitas quisieron cuidar también del pan del día siguiente y recogieron el doble.
La historia dice que a la mañana siguiente, el maná del día anterior se había malogrado y solo encontraron gusanos. Lección fuerte la de Dios, en aquella ocasión. Pero también lección mal entendida. Porque mucha gente cree que el pueblo simplemente estaba siendo previsor y no desobediente.
¿Cuál es la diferencia entre previsión y ansiedad? Previsión es guardar algo que vas a necesitar mañana. Ansiedad es preocupación por lo que no necesitas todavía. Deja que llegue el momento. Confía en Dios y en sus promesas.
Un nuevo día nace para ti. Como todos los días está lleno de desafíos. No los subestimes, no te escondas de ellos, no huyas de tu responsabilidad. Enfréntalos en el nombre de Jesús, sal con tu confianza depositada en alguien que jamás sufre derrotas. Pero concentra todas tus fuerzas para solucionar los desafíos de hoy. Deja los de mañana, para mañana.
Ah, y ora, diciendo: “El pan de cada día, dánoslo hoy.”
¿Para qué vives?
¿Cuál es el propósito de tu vida? Jamás lo sabrás si no vas a la Palabra de Dios. Ella es la fuente de sabiduría. La Biblia te muestra de dónde viniste, por qué existes y para dónde vas.
Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. (Mateo 5:15)
Hay dos pensamientos en el versículo de hoy. El primero es que todos venimos a este mundo con un propósito. No “se enciende una luz y se pone debajo de un almud.” La luz existe para alumbrar, no puede permanecer oculta; si por algún motivo pierde su propósito, de manera natural pierde también su razón de existencia.
Si esto es verdad con relación a la luz, mucho más con relación a ti. Tú eres la luz del mundo. Lo dijo el propio Señor Jesús. Por tanto, para que puedas ser feliz y realizado en la vida, necesitas descubrir para qué viniste al mundo. Nadie nace por coincidencia. Si estás vivo, tienes una misión a cumplir.
El segundo pensamiento es que el cumplimiento de tu misión requiere dedicación. No es simplemente porque tu vida tiene un propósito que ese propósito será alcanzado. Hay que colocar la luz “sobre el candelero.”
Un día le preguntaron a Tomás Edison, dónde estaba el secreto de tanta productividad. “Diez por ciento de inspiración y noventa por ciento de transpiración.” Fue la respuesta. Edison, no se conformó con ser luz sino que puso la luz sobre el candelero. El cumplimiento de cualquier propósito requiere esfuerzo. Nada que valga la pena, sucede por acaso. Detrás de cada victoria existen horas de preparación y ejecución.
¿Cuál es el propósito de tu vida? Jamás lo sabrás si no vas a la Palabra de Dios. Ella es la fuente de sabiduría. La Biblia te muestra de dónde viniste, por qué existes y para dónde vas. Ve a ella en busca de inspiración. Dios te infundirá fuerza y valor a través de su lectura. Pero después atrévete a pagar el precio de tus sueños. Coloca el candelero.
¿Y si no hay candelero? Búscalo, invéntalo, fabrícalo. No sé. Lo único que no puedes hacer es quedarte de brazos cruzados esperando que las cosas caigan del cielo.
Con estos pensamientos en el corazón, sal esta mañana a buscar el candelero, seguro de que Jesús está a tu lado, pero recordando el consejo del Maestro: “Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.”
Escrito está
La Palabra de Dios es vida. Te lleva a la vida eterna, te muestra el camino, te alumbra, te enseña. Es el mapa para que no te extravíes en este mundo de dificultades y tristezas.
Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás. (Mateo 4:10)
El enemigo de Dios es también tu enemigo. En realidad, tú nada le hiciste. Su odio es gratuito. No puede con Dios y se las agarra contigo porque sabe que tú eres precioso a los ojos divinos y la mejor manera de tocar el corazón de Dios es hacerte sufrir.
Pero en fin, ese no es el problema. El pensamiento del versículo de hoy es que la mejor manera de derrotar al enemigo es la Palabra de Dios. Lo interesante de la historia es que a veces, la mejor arma que el enemigo usa para derrotarte, también es la Palabra de Dios. A Jesucristo, el enemigo se le presentó citando los escritos de los profetas; pero fuera del contexto, arreglados a su manera, haciéndoles decir lo que él deseaba y no lo que el texto decía. Pero Jesús conocía bien el texto y lo confrontó con la verdad.
El tema central de hoy es la adoración. Desde el cielo Lucifer quiso la adoración para sí. Cuando no logra que los seres creados caigan en sus trampas, intenta llevar la adoración humana hacia cualquier cosa, menos a Dios. Adorar cualquier idea, filosofía de vida, u objeto ya es adorarlo a él.
Pero, ¿Por qué esto es tan importante para el diablo? Por la sencilla razón de que si retiras tus ojos, tu atención y tu adoración de Dios, ya perteneces al reino de las tinieblas y consecuentemente al reino de la derrota, de la mentira, de la mediocridad y de la muerte.
Tú única seguridad en esta vida es saber lo que la Escritura dice. No se trata solo de memorizar versículos y repetirlos como si fuesen un amuleto contra el mal. Se trata de encarnar la palabra de Dios en tu experiencia. Hacerla realidad, vivirla en las varias circunstancias del día. La Palabra de Dios es vida. Te lleva a la vida eterna, te muestra el camino, te alumbra, te enseña. Es el mapa para que no te extravíes en este mundo de dificultades y tristezas.
Haz de este día un día de comunión con Jesús. Abre la palabra de Dios, graba sus consejos en tu corazón y cuando tengas que enfrentar al enemigo, que puede presentarse disfrazado de adversidad, o enfermedad, o pruebas, haz como Jesús y dile: “Escrito está.”
¡Arrepentíos!
¡Para de correr! ¡No te escondas en tu moralismo, ni en tus promesas, ni en tu dominio propio! Solo déjate encontrar, porque desde la eternidad Jesús salió a buscarte.
Y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. (Mateo 3:2)
La voz que clamaba en el desierto era la voz de Juan. Su mensaje era directo, claro, sin medias palabras. Él no estaba preocupado en ser políticamente correcto. Tampoco era grosero, al punto de no importarse con el sentimiento de las personas. Era un hombre de Dios y sabía que su misión era preparar el terreno para la llegada de Jesús. Su mensaje era el arrepentimiento. Arrepentirse, en griego metanoeo, significa cambiar de manera de pensar, dar media vuelta, reconocer que la senda que estás siguiendo está equivocada y regresar.
Para los judíos significaba devolverse a Dios. ¿Por qué devolverse? Porque te hiciste tuyo, cuando le perteneces a Dios; te apoderaste de la vida que el Señor sólo te prestó. Dijiste como el hijo pródigo. “Dame la parte de la hacienda que me pertenece,” cuando nada es tuyo.
Pero el pensamiento del texto de hoy, no es apenas un llamado al arrepentimiento, sino que muestra el secreto para el arrepentimiento. Porque el arrepentimiento genuino no es fruto del esfuerzo humano; ningún ser humano es capaz de reconocer que está errado y mucho menos de dar la media vuelta. El ser humano es terco por naturaleza. Y torpe. Porque, aunque sus intenciones sean las mejores, solo corre atrás de lo que le causa dolor.
Juan dice que el arrepentimiento es el resultado del acercamiento del reino de los cielos. Los otros evangelistas, llaman al reino de los cielos, “reino de Dios”. El Bautista se refiere a Jesús. Jesús se acerca y el resultado es el arrepentimiento. La iniciativa es divina. El señor no me deja abandonado a mi triste decisión. Es verdad que yo había escogido el camino del mal, pero Jesús se acerca, el reino de los cielos viene a mí para mostrarme cuán insensato soy y para mostrarme un camino mejor.
No intentes cambiar de vida solo. No lo lograrás. Morirás sangrando en el desierto de tus buenas intenciones. Simplemente deja que el Señor te alcance. ¡Para de correr! ¡No te escondas en tu moralismo, ni en tus promesas, ni en tu dominio propio! Solo déjate encontrar, porque desde la eternidad Jesús salió a buscarte.
Enfrenta este nuevo día confiando en Jesús y no en ti. Deja que el Señor trabaje en ti y por ti. Recuerda el mensaje de Juan: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.”
Vino
Levanta los ojos y mira en el cielo un Dios capaz de mostrarte la solución cuando piensas que todo está perdido.
Y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret, para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que habría de ser llamado nazareno. (Mateo 2:23)
¿Quién vino y de dónde? En el contexto del versículo de hoy, Jesús venía de Egipto. Antes de Egipto, venía de Belén. ¿Y antes de Belén? El problema con los seres humanos es que solo vemos las cosas de la carne. Somos incapaces de entender las cosas del Espíritu, a no ser que Dios opere en nosotros, el milagro del nuevo nacimiento.
En cierta ocasión Felipe le habló a un amigo, acerca de Jesús y la pregunta del prejuicioso Natanael fue: ¿Puede venir algo bueno de Nazaret? Todos estaban equivocados. Jesús no venía ni de Egipto, ni de Belén, ni siquiera de Nazaret. Él venía del cielo. Desde la eternidad y por la eternidad había sido uno con su Padre y lo había dejado todo, por amor al ser humano.
Nadie tiene el derecho de verlo como un simple ser humano. Fue el más extraordinario de los hombres, sí. No hubo, ni habrá jamás, maestro como Él. En Él, la historia converge, pero a pesar de todo eso, Jesús no era un simple ser humano. Era Dios hecho hombre.
Jamás podré entender la maravilla de su amor. ¿Cuánto valgo yo, para que Él lo haya dejado todo y haya venido a buscarme? No lo sabré. Ni necesito. Porque lo único que Jesús desea es que yo crea y lo acepte, a pesar de no entenderlo.
El texto de hoy afirma que los profetas habían dicho que Jesús sería llamado Nazareno, por vivir en Nazaret. Es verdad. Pero esto no era un simple asunto de gentilicio. En el fondo era también un asunto de incomprensión. Natanael representaba a la humanidad al preguntar si de Nazaret podía salir algo bueno. ¡Pobre ser humano que solo puede ver las cosas de la tierra! Mientras tus ojos vean apenas el plano horizontal de la vida estarás limitado a la confusión y a la desesperación de este mundo.
El mensaje de hoy es un desafío a ver la vida desde la perspectiva vertical. Levanta los ojos y mira en el cielo un Dios capaz de mostrarte la solución cuando piensas que todo está perdido.
Sal hoy a enfrentar los desafíos, pensando en el sentido espiritual de lo que dice Mateo: “Y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret, para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que habría de ser llamado nazareno.”
¿No te comprenden?
¡Sigue adelante! No permitas que la incomprensión ajena interrumpa tu comunión con Jesús. Él te oye. Sabe lo que necesitas. Conoce tu dolor. Eso es lo único que importa.
Y Ana le respondió diciendo: no Señor mío; yo soy una mujer atribulada de espíritu; no he bebido vino ni sidra, sino que he derramado mi alma delante de Jehová. (1 Samuel 1:15)
El diálogo con su madre la había dejado en pedazos. Ingrid se preguntaba cómo, una mujer tan inteligente y a la que había admirado siempre, se mostraba incapaz de aceptar la decisión de la hija.
-¡Te estás volviendo loca! ¡Te han hecho un lavaje cerebral! –le gritó.
Los ojos de aquella mujer dulce y amorosa destellaban fuego.
El único delito de Ingrid era haber descubierto verdades bíblicas y querer respetarlas. Si al menos, la madre aceptase estudiar la Biblia con ella para ver lo que la Palabra de Dios decía, pero la señora se negaba y simplemente respondía:
-¡Necesitas respetar la tradición de la familia!
¿Hasta qué punto la tradición está correcta? Ingrid se sentía incomprendida. Quería ser una persona mejor y la madre insistía en hacerla sentir peor.
La joven se encontraba sola. Como una flor del desierto tratando de resistir el vendaval. ¿Alguna vez te sentiste así? Las personas te juzgan sin entender las razones de tu corazón. Te condenan injustamente. Te niegan el derecho de explicar.
El texto de hoy trae la historia de una mujer incomprendida, como Ingrid. Ana había ido al templo a orar, suplicar y clamar. Lo está haciendo en silencio aunque sus labios se movían. El silencio es el templo sagrado del alma, que mucha gente trata de profanar. En el silencio de su corazón, Ana conversaba con Dios.
El sacerdote la vio de lejos y pensó que estaba ebria. La juzgó y la condenó. A pesar de ser un líder religioso, fue incapaz de comprenderla.
Si hasta un ministro de Dios no logró entender el dolor de un corazón angustiado, ¿Qué podrías esperar de otras personas? ¡Sigue adelante! No permitas que la incomprensión ajena interrumpa tu comunión con Jesús. Él te oye. Sabe lo que necesitas. Conoce tu dolor. Eso es lo único que importa. Olvídate de lo que los otros piensan.
En tus horas de tristeza. Cuando sientas el corazón a punto de explotar dentro de ti. Cuando te veas inclinado a retrucar la agresión humana, piensa en la respuesta de Ana: “No señor, yo no he bebido vino ni sidra, sino que soy una mujer atribulada y estoy derramando mi alma delante de Jehová.”
Contigo
Ten la seguridad de que tus decisiones no son solamente tuyas. Pide la aprobación divina y después, parte para las grandes victorias que el Señor tiene preparadas para ti. Porque “Estaba, pues, Jehová con Josué, y su nombre se divulgó por toda la tierra.”
Estaba, pues, Jehová con Josué, y su nombre se divulgó por toda la tierra. (Josué 6:27)
¿Cómo definir con palabras el dolor de Jaime? ¿Cómo explicar la causa de sus lágrimas? No es fácil. Los sueños son sagrados. Nacen en el alma, se van formando como un niño en el vientre materno. Esperas ansioso el día de verle el rostro, pero ¿Qué sucede si pasa el tiempo y la realidad no aparece? Miras hacia dentro y allí, en lo recóndito de tu ser, solo encuentras restos de algo que se negó a ver la luz. Y te asustas y sientes que tu sueño se transformó en una horrible pesadilla.
Jaime soñaba ser rico y famoso. Pensaba que para eso, el primer paso sería liberarse de los “tabús que el cristianismo le imponía.”
“A final de cuentas –pensaba- vivimos en un mundo donde no hay lugar para los melindres de la consciencia.” Y partió como el águila, rumbo al infinito de sus aspiraciones. Voló, voló y voló en busca del sol. Y de repente sintió las alas chamuscadas en el fuego de la fama, y volvió solo y triste para su realidad de dolor y lágrimas.
Realidad diferente la de Josué. “Su nombre se divulgó por toda la tierra,” afirma el texto. El joven líder de Israel no buscó fama, busco servir y el resultado fue la fama. Diferente de Jaime que buscó la fama y encontró el dolor.
“Estaba pues Jehová con Josué.” Esta frase expresa el secreto de Josué. Dios controlaba su vida y sus decisiones. Él era el principio, el medio y el fin de su experiencia. En el poder de Dios, enfrentó a los ejércitos enemigos de Canaán y los derrotó. Cada victoria alcanzada lo preparaba para la siguiente victoria. Su confianza en Dios aumentaba. Aumentaban también su dependencia e sumisión.
Pero esta sumisión, lejos de convertirlo en un debilucho lleno de “tabús”, lo volvía un guerrero intrépido, capaz de ver la victoria, antes que los enemigos surgiesen. La preocupación que dominaba sus actos no era alcanzar la fama sino servir a Dios y a su pueblo. La fama fue la consecuencia natural de ser guiado por el Señor.
Haz de este día un día de confianza y entrega a Dios. Ten la seguridad de que tus decisiones no son solamente tuyas. Pide la aprobación divina y después, parte para las grandes victorias que el Señor tiene preparadas para ti. Porque “Estaba, pues, Jehová con Josué, y su nombre se divulgó por toda la tierra.”
En todo
Verás que vale la pena vivir, aunque el dolor toque la puerta de tu corazón, aunque las dificultades aparezcan como nubes cargadas de lluvia. Aprenderás a sonreír, mientras los otros lloran y a tener esperanza cuando los demás se desesperan.
Aprende pues, hoy, y reflexiona en tu corazón que Jehová es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra, y no hay otro. (Deuteronomio 4:39)
En las instalaciones internas del ala nacional del Aeropuerto Benito Juárez de México, se encuentra el “Taba bar,” un restaurante, donde las personas comen algo mientras esperan su vuelo.
Faltan dos horas para el mío. Voy a Minatitlán, en el estado de Veracruz. Mientras no llega la hora, abro el computador y escribo este devocional. “Aprende y reflexiona” dice el versículo. El aprendizaje es resultado de la reflexión. No existe aprendizaje sin reflexión, pero vivimos en un mundo apresurado y no hay tiempo para detenerse y pensar por qué las cosas son, como son o, qué lecciones podemos aprender de lo ocurrido.
El consejo de hoy es que debemos reflexionar y aprender que el fundamento de una vida realizada y feliz, es saber “Que Jehová es Dios, arriba en el cielo y abajo en la tierra y no hay otro.” Simple. Y al mismo tiempo complicado. Simple para el alma simple que abre el corazón a Dios. Complicado para la mente extraviada en los recovecos del racionalismo.
Con frecuencia Dios permite que el ser humano siga su propio camino. No discute con él. Lo deja avanzar por los caminos arriesgados que su naturaleza escoge. Quisiera intervenir, detenerlo, decirle: “Hijo, esa trilla te va a llevar a la destrucción.” Pero no puede. Te dio libertad, inclusive para abandonarlo, consciente de la temeraria actitud que escogiste.
Sería tan fácil buscar a Dios y llevar a serio sus enseñanzas, pero el hombre moderno prefiere escoger sus propios dioses. Pequeños, manipulables, dioses de plástico, incapaces de determinar lo que es bueno o malo. Que se limiten a dar el visto bueno al extravío humano.
Reflexiona y aprende, es el consejo de hoy. Para. Deja de correr como si tuvieses miedo de tu propia sombra. Piensa en la manera cómo estás viviendo. Reflexiona. Vuelve a pensar una y otra vez.
Si lo haces, tus noches tendrán el brillo de las estrellas y tus días, el resplandor del sol. Verás que vale la pena vivir, aunque el dolor toque la puerta de tu corazón, aunque las dificultades aparezcan como nubes cargadas de lluvia. Aprenderás a sonreír, mientras los otros lloran y a tener esperanza cuando los demás se desesperan.
Por eso hoy, no empieces el día sin recordar la amonestación divina: “Aprende pues, hoy, y reflexiona en tu corazón que Jehová es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra, y no hay otro.”
¡Aprende a pedir!
No te atrevas a enfrentar los peligros de la vida sin pedir, buscar y llamar. Jesús está allí, a tu lado, dispuesto a oír tu voz. Quiere hacerte grande, pero necesitas sentirte pequeño. Si te consideras grande, ¿Qué puede Él hacer por ti?
Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. (Mateo 7:7-8)
“No necesito de Dios”, decía Augusto, lleno de orgullo. “Dios es una muleta que los débiles usan para esconder su fragilidad y falta de valor para enfrentar los problemas de la vida”.
Brillante, como pocos. Inteligente, al punto de discutir con los profesores y dejarlos en malos lienzos. Respiraba soberbia. Miraba a los otros como si él estuviese en un pedestal, por encima de los pobres mortales. La vida, sin embargo fue cruel con él. Una noche mientras regresaba de una fiesta, su automóvil salió de la carretera y tuvo un accidente casi fatal. Llevó meses para recuperarse pero jamás volvió a ser lo que era. Quedó condenado a una silla de ruedas para el resto de su vida.
Tres meses después regresó al hospital por causa de otro accidente. La silla de ruedas resbaló por una rampa y cayó de una altura de 3 metros. Los testigos dicen que no aceptó ayuda, no pidió, no buscó, no llamó.
Pedir, buscar y llamar, son tres verbos que expresan dependencia. Tú solo pides cuando necesitas, buscas cuando no tienes y llamas cuando deseas entrar. ¿Sabes lo que Jesús quiere decirte? Qué el primer paso del vencedor es reconocer sus limitaciones. Tú eres dependiente. No solo de Dios sino también de las otras personas.
No eres una isla en este mundo. Nadie lo es. Todos dependemos de todos. Puedes ser bello como un par de ojos azules, pero necesitas de los pies por inferiores o detestables que te parezcan. Jamás subestimes a los otros. No los consideres desnecesarios. Por abundantes que sean tus talentos, por brillante que seas. Eres mucho más productivo, más noble y más grande, cuando aprendes a pedir, a buscar y a llamar.
Pero evidentemente, cuando Jesús pronunció estas palabras estaba hablando de su infinito amor, listo a ser derramado en la vida de los que lo reconocen como Dios.
Por eso hoy, no te atrevas a enfrentar los peligros de la vida sin pedir, buscar y llamar. Jesús está allí, a tu lado, dispuesto a oír tu voz. Quiere hacerte grande, pero necesitas sentirte pequeño. Si te consideras grande, ¿Qué puede Él hacer por ti?
Haya luz
Hoy puede también ser un nuevo día para ti. Hecha las tinieblas de lado. Sacude el polvo de tus pies. Naciste para brillar.
Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. (Génesis 1:3)
Antonia salió de la casa, respiró hondo y miró al cielo. Le hubiera gustado que fuese una noche limpia como tantas otras a la orilla del mar, pero notó que no había luna, ni estrellas. Tal vez los astros estuviesen allí como siempre, pero ella no los veía. Estaba oscuro. Más oscuro que las oscuras páginas de su historia. Entonces tuvo miedo y entendió que para ver no basta tener ojos; es necesario que haya luz. Poco valen los ojos en la oscuridad.
Su vida, cubierta de sombras desde la adolescencia, carecía de alegría. Si pudiese definir el día en que empezaron sus agruras se remontaría al momento triste en que sus padres le dijeron: “Hijita, el amor entre nosotros acabó pero tú sigues siendo nuestra hija y te vamos a amar siempre.”
Ella sabía que a partir de aquel instante nada sería igual. Y no lo fue. Su vida, que hasta entonces había sido un día de sol esplendoroso, empezó a nublarse. Conoció las sombras, la tristeza, el dolor extraño de sentirse sola y jamás supo decir cómo, sin percibir, se descubrió hundida en la arena movediza de las drogas.
Los errores desfilaron, uno tras otro. Cada vez más trágicos y grotescos. Quedó embarazada, provocó un aborto, vendió su cuerpo para sustentar el vicio. Fue descendiendo como una piedra arrancada de la montaña. Bajando a las profundidades de su autodestrucción. Hasta el día en que sus padres, sin saber más que hacer para ayudarla, se volvieron a Dios, restauraron su matrimonio y decidieron hacer de la recuperación de la hija amada, el objetivo de su vida.
Antonia contemplaba la oscuridad aquella noche, sin ver nada. De repente, el cielo se iluminó con la fugaz luz de un relámpago. Dos segundos, suficientes para observar la belleza de las olas en el mar agitado.
En ese momento el Espíritu iluminó sus pensamientos y clamó a Dios buscando luz. “Señor, dijo en su corazón, mi vida está llena de tinieblas, necesito de tu luz. No quiero seguir viviendo asustada, por favor ilumina mi vida.”
Conocí a Antonia en una reunión donde personas que un día habían sido destruidas por las adversidades de la vida, relataban la manera maravillosa cómo Dios, las rescatara.
Hoy puede también ser un nuevo día para ti. Hecha las tinieblas de lado. Sacude el polvo de tus pies. Naciste para brillar. Tu Dios es el Dios que un día dijo: sea la luz. Y fue la luz.
Sujeción
Con estos pensamientos en mente enfrenta los desafíos de un nuevo día en el poder y la sabiduría que vienen de Dios. Que tu presencia en la calle, en la escuela, en la familia o en el lugar de trabajo sea una fragancia suave de olor agradable, que las personas sean atraídas a Jesús por el poder de tu vida y no solamente por la fuerza de tus palabras.
Exhorta a los siervos a que se sujeten a sus amos, que agraden en todo, que no sean respondones. Tito 2:9
Escuche una vez la historia de un hombre que en la empresa donde trabajaba era el primero a llegar y el último a salir. Trabajaba como si la empresa fuese suya. Era, de lejos, el empleado que más producía y que menos reclamaba.
Al llegar el mes de diciembre, el patrón lo llamó a parte y le dijo:
-Estoy muy agradecido por tu trabajo. Cuidas de tus deberes como si la empresa fuese tuya.
-No señor –le respondió el empleado- cuido de todo como si la empresa fuese de Dios.
Evidentemente este hombre había entendido que el cristianismo no se limita a la iglesia. Es bueno cantar, orar y estudiar la biblia. Es maravilloso cuando el pueblo de Dios se reúne para alabar su nombre, pero es un argumento contundente a favor del cristianismo, cuando los cristianos hacen de su lugar de trabajo, un púlpito de donde se predica el evangelio sin palabras, donde la retórica son las acciones y el cumplimiento fiel del deber.
Lo interesante es que la fidelidad a Dios en los mínimos detalles beneficia al propio cristiano. El no busca el beneficio, pero las bendiciones aparecen.
En el caso del hombre de nuestra ilustración el patrón le dio una buena cantidad de dinero extra como gratificación por sus servicios y lo ascendió de puesto dentro de la empresa.
Este día puede ser un día de trabajo diligente, de esmero en la práctica del deber, de iniciativa para ir más allá de lo que el deber impone. La mejor manera de hacer del trabajo una tarea agradable es tornarlo un acto de adoración, cultivar la idea de que no trabajas para seres humanos sino para Dios.
Con estos pensamientos en mente enfrenta los desafíos de un nuevo día en el poder y la sabiduría que vienen de Dios. Que tu presencia en la calle, en la escuela, en la familia o en el lugar de trabajo sea una fragancia suave de olor agradable, que las personas sean atraídas a Jesús por el poder de tu vida y no solamente por la fuerza de tus palabras.
Y recuerda el consejo de Pablo: “Exhorta a los siervos a que se sujeten a sus amos, que agraden en todo, que no sean respondones.”
Intercede
Hoy es un día para aceptar ese sacrificio en tu favor. Dios no fuerza la voluntad humana. Nadie será salvo solo porque Jesús murió. La salvación solo tiene valor para ti, si la aceptas.
El cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas. Hebreos 1:3
El cielo se viste de gala. Millones y millones de seres angelicales se preparan para dar la bienvenida al héroe que vuelve de la guerra después de haber vencido al maligno y haber rescatado al ser humano. Jesús aparece glorioso con su cuerpo resucitado. Ha vencido a la muerte y al pecado. Se sienta ahora al lado del Padre.
La escena que acabo de describir no es imaginaria. La biblia lo afirma. El texto de hoy lo dice de manera explícita. Muestra que existe relación entre la muerte expiatoria de Jesús en la cruz y su obra mediadora en el cielo, al lado del Padre. El autor de la epístola a los hebreos dice que después de haber efectuado la purificación de nuestros pecados en la cruz, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.
Jesús ya murió, subió a los cielos, está a la diestra del padre y desde ahí, añade hebreos 7:25, “Puede salvar a los que por él se allegan a Dios.” ¿Por qué crees que el verbo salvar está en el infinitivo? Si solo bastase su muerte, el verbo estaría en el pasado, diría Salvó y “no puede salvar.” Lo que Pablo quiere decir es que a pesar de que la muerte de Jesús en la cruz, fue completa en lo que se refiere al sacrificio. Esa muerte no le sirve al ser humano, a menos que él vaya a Jesús con fe, reconociendo que pecó y que necesita de salvación. Entonces, Jesús que en la cruz, fue el sacrificio, se transforma ahora en el mediador para interceder delante del Padre a favor del pecador arrepentido.
Solo entonces, lo que Jesús hizo en la cruz del calvario tiene valor para el ser humano. Está salvo, porque creyó en la muerte de Cristo y aceptó su mediación delante del Padre.
Hoy es un día para aceptar ese sacrificio en tu favor. Dios no fuerza la voluntad humana. Nadie será salvo solo porque Jesús murió. La salvación solo tiene valor para ti, si la aceptas.
No te olvides: “El cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.”
No me acordaré
El perdón que Jesús ofrece no es simplemente una declaración que nos libera de la culpa sino un sacrificio sustitutivo a través del cual la deuda está completamente paga. Nada se debe a la justicia, La misericordia pagó el precio. Es por eso que en la cruz, la misericordia y la justicia se besaron.
Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados. Isaías 43:25
Aquella tarde, mientras el sol se ocultaba, se iba también la vida del conde de Polignac. Había traicionado al emperador Napoleón a pesar de los muchos favores que había recibido del temido conquistador. La cabeza del traidor estaba destinada a la horca. La prueba de su traición era una carta en la cual el conde se comprometía en un complot político.
Desesperada y intentando salvar la vida de su esposo, la señora Polignac solicitó una audiencia con el Emperador. En lágrimas alegó que las acusaciones a su esposo eran falsas.
- ¿Conoce la firma de su marido? – le preguntó el emperador y sacando la carta de su bolsillo la puso ante los ojos da la señora. La mujer empalideció y cayó desmayada.
Al recuperarse la desesperada mujer cayó a los pies del emperador y pidió perdón. La historia narra que Napoleón, compadecido le entregó la carta diciendo:
- Tómala, es la única evidencia legal que existe contra tu marido. Hay un fuego aquí al lado. Quémala. No habiendo pruebas no habrá culpa.
La señora tomó aquella prueba de culpabilidad y la entregó a las llamas. La vida de Polignac y su honor estaban a salvo, fuera del alcance de la justicia.
Eso es lo que hizo el Señor con nuestros pecados. Tomó nuestras rebeliones y pagó nuestra deuda. Y afirma que lo hizo por su propio nombre. ¿Por qué? Porque el enemigo lo acusó de ser un Dios abusivo y dictador, incapaz de perdonar. Pero con su muerte en la cruz, Jesús limpió la afrenta a su nombre y mostró delante del universo, que Él podía respetar el principio de su ley quebrada pero al mismo tiempo podía perdonar al pecador.
El perdón que Jesús ofrece no es simplemente una declaración que nos libera de la culpa sino un sacrificio sustitutivo a través del cual la deuda está completamente paga. Nada se debe a la justicia, La misericordia pagó el precio. Es por eso que en la cruz, la misericordia y la justicia se besaron.
Sal hoy, depositando tu confianza en ese amor maravilloso de Jesús y recuerda su promesa: “Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.”
¿Cómo podría?
José había descubierto el secreto de la vida cristiana. Su vida era una vida de amor y compañerismo con Dios. En el momento de la tentación su preocupación fue, no defraudar la confianza de su Padre amado.
No hay otro mayor que yo en esta casa, y ninguna cosa me ha reservado sino a ti, por cuanto tú eres su mujer; ¿cómo, pues, haría yo este grande mal y pecaría contra Dios? Génesis 39:9
Paco miró para un lado y para otro. Quería tener la seguridad de que ningún conocido lo veía. Su corazón daba la impresión de hacer un ruido tan escandaloso que llamaba la atención de los otros. Nunca había hecho nada parecido. Tenía miedo. ¿Miedo de la disciplina? ¿O de lo que sus padres pensarían si descubriesen lo que había hecho?
El texto de hoy presenta la historia de un joven llamado José. En algún momento este muchacho también vivió una experiencia como la de Paco. Pero él supo decidir. La historia de José abarca muchas páginas del libro de Génesis. Sin embargo hoy, vamos a concentrarnos solo en un episodio de su vida. Uno de los relatos más inspiradores de la Biblia. José había descubierto lo que significa ser cristiano.
La historia bíblica relata que José había hallado gracia a los ojos de Potifar y éste, lo había hecho mayordomo de su casa y le había confiado todo lo que tenía. Pero un día, la esposa de Potifar comenzó a mirarlo con ojos de codicia y se acercó de José tentadoramente. El versículo 7 dice: "Aconteció después de esto, que la mujer de su amo puso sus ojos en José, y dijo: Duerme conmigo. Y él no quiso, y dijo a la mujer de su amo: He aquí que mí señor no se preocupa conmigo de lo que hay en casa, y ha puesto en mi mano todo lo que tiene."
Date cuenta del respeto que José tenía por el prójimo. Él vivía la regla de oro. “Trata a las personas como quieres que ellas te traten.” Pero la última parte del versículo de hoy trae una pregunta que este joven extraordinario se hizo a sí mismo delante de la tentación. Este es el centro del mensaje de hoy: “ ¿cómo, pues, haría yo este gran mal, y pecaría contra Dios?"
En el momento de la tentación, la preocupación de José no fue: ¿Qué dirán mis padres? o ¿Qué pensará Potifar? No pensó en las consecuencias de esta tierra. La pregunta que se hizo fue: ¿Cómo, pues, haría yo este gran mal, y pecaría contra Dios? En otras palabras, ¿cómo heriría su corazón?
José había descubierto el secreto de la vida cristiana. Su vida era una vida de amor y compañerismo con Dios. En el momento de la tentación su preocupación fue, no defraudar la confianza de su Padre amado.
Sal hoy, tomado de la mano de Jesús y delante de la tentación pregúntate como José: “¿cómo, pues, haría yo este grande mal y pecaría contra Dios?”
Morir para servir
El Rey de reyes y Señor de los señores, creador del universo y dueño absoluto de cielos y tierra, descendería a los niveles más profundos de la humillación. Sería clavado como un paria, en una cruz reservada para los peores delincuentes. Pagaría así, el precio de la redención humana. Lo pagaría con su sangre. Rescataría al hombre del poder de la muerte.
Porque el hijo del Hombre no vino para ser servido sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos. Marcos 10:45
Nació para morir. Vivió a la sombra de la cruz. En todo momento sabía que se dirigía al calvario. Era consciente de su misión. Había venido al mundo para dar su vida en rescate por muchos.
Jamás la mente humana podrá entenderlo. La eternidad no será suficiente para contemplar la dimensión de su amor. El rey del universo, adorado y servido por millones y millones de ángeles, renunció a su trono y vino a este mundo. Nació en un pesebre porque la raza a la cual había venido a servir, siquiera se molestó en darle un rincón cualquiera para nacer.
Desde el inicio de su ministerio, su vida fue de servicio. Curó leprosos cuando nadie se atrevía siquiera a aproximarse de ellos. Encontró ciegos y con el toque maravilloso de sus manos les devolvió la visión. Buscó a los desesperados, rechazados e indignos y les devolvió la dignidad. Jamás se importó si sus enemigos lo acusaban de juntarse con los pecadores. A fin de cuentas, era por ellos que lo había dejado todo allá en el cielo y había venido a esta tierra de humillación y pecado.
Anduvo por las calles polvorientas de Galilea en busca de la oveja perdida. Cuanto más ella corría, tanto más Él la buscaba. En ningún momento tomó el hecho de ser Dios como cosa a la cual aferrarse sino que se despojó de sí mismo y aceptó la muerte de cruz, afirma Pablo.
Finalmente llegó el día para el cual había venido a la tierra. El momento supremo. La hora crucial en que el amor y el dolor se abrazarían. El instante del sacrifico mayor, de la entrega infinita. El Rey de reyes y Señor de los señores, creador del universo y dueño absoluto de cielos y tierra, descendería a los niveles más profundos de la humillación. Sería clavado como un paria, en una cruz reservada para los peores delincuentes. Pagaría así, el precio de la redención humana. Lo pagaría con su sangre. Rescataría al hombre del poder de la muerte. Lo traería para la dimensión de la vida.
Qué el sacrificio de Jesús en tu favor, inspire tus acciones hoy. Sirve, entrégate, dónate. Es la única forma de vencer al imperio de la muerte. Porque: “el hijo del Hombre no vino para ser servido sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.”
La resurrección
Nada hay que Jesús no pueda hacer de nuevo. La muerte puede pensar que venció. Pero ningún sepulcro será capaz de detener el paso de la vida. Las piedras serán removidas, los obstáculos serán desmenuzados. Jesús es rey victorioso y eterno y venció a la propia muerte.
Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Juan 11:25
Cuando Moody, el gran evangelista norteamericano fue invitado en cierta oportunidad a predicar en una ceremonia fúnebre, buscó en los cuatro Evangelios algún sermón fúnebre de Jesús pero no encontró. Concluyó entonces que Jesús había acabado con todos los entierros a los cuales compareció.
La muerte huía de su presencia. Por donde el Maestro pasaba, pasaba la vida. En la tumba de lázaro dijo:”Lázaro, ven fuera.” La orden fue específica: “Lázaro, solo tú.” Porque si no lo hiciese así, todos los cadáveres habrían resucitado. Tal era el poder de Jesús delante de la muerte.
El versículo de hoy fue tomado de la ocasión en que Jesús llegó a la casa de María y Marta. Ambas hermanas estaban tristes. El hermano mayor había fallecido hacía ya cuatro días. El relato dice que ya olía mal. Desde el punto de vista humano ya no había más esperanza de resurrección. Hay momentos así todos los días, en las diferentes áreas de la vida. El dolor y la adversidad te golpean de tal manera que pierdes la esperanza, te sientes como una hoja arrancada que el viento arrastra. Pero el Señor Jesús estaba allá y dijo:”Yo soy la resurrección.” Sus Palabras significaban que nada está perdido en su prenuncia. La resurrección y la vida no es algo que Jesús ofrece. Él es todo eso.
Por lo tanto, si en este momento estás con los sueños destruidos, tus planes hechos pedazos, tu hogar acabado, tu vida profesional en estado cadavérico, todo lo que necesitas es correr a los brazos de la persona resurrección. En Él todo renace. Renace la esperanza, los sueños y los ideales.
Nada hay que Jesús no pueda hacer de nuevo. La muerte puede pensar que venció. Pero ningún sepulcro será capaz de detener el paso de la vida. Las piedras serán removidas, los obstáculos serán desmenuzados. Jesús es rey victorioso y eterno y venció a la propia muerte.
Parte hoy para enfrentar los desafíos del día con la seguridad de la presencia de Jesús. La propia muerte temblará delante de ti si estás con Jesús. Porque Él dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.”
Tiempo de guardar
Cada día que despunta en el horizonte es la sonrisa de Dios diciéndote: “Hijo, te doy una página en blanco. Escribe hoy una linda historia. Aprovecha las oportunidades. Perdona. No pierdas el tiempo cultivando sentimientos que te envenenan el alma.”
Tiempo de buscar y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar. Eclesiastés 3:6
La sorpresiva tormenta los obligó a detener el vehículo por unos momentos. Fue lo que pensaron al principio. Esos momentos se transformaron en horas. Dieciocho exactamente. Tiempo suficiente para sentir hambre y sed, cansancio y frio.
No estaban preparados para enfrentar aquel accidente. Nadie se prepara para los accidentes. Uno se prepara para enfrentar los momentos duros cuando los accidentes aparecen. Pero esos muchachos tampoco estaban preparados para eso.
A medida que el tiempo fue avanzando el hambre comenzó a atormentarlos. Buscaron qué comer en sus maletas, pero no hallaron nada. Entonces vino a su memoria las galletas que habían echado a la basura en el último puesto de gasolina. En aquel momento pensaron que no necesitarían de unas simples galletas. Acababan de comer y estaban satisfechos.
Desechar cuando es tiempo de guardar puede ser fatal. Mientras viajaban no era tiempo de desechar. Ellos lo descubrirían dentro de poco y tendrían bastante tiempo para arrepentirse.
El versículo de hoy habla del tiempo. Hay tiempo de guardar. La juventud es tiempo de guardar. Hay un camino muy largo por delante. No es hora de desechar las galletas que pueden faltar mañana.
Frecuentemente encuentro personas que ya entraron en el otoño de la vida. Con tristeza se preguntan: “¿Qué hice con mi juventud?” La desperdiciaron, creyeron que nunca iba a acabar y un día cualquiera despertaron a la realidad. La juventud se había ido, la nieve del invierno bañaba la cabeza y ya era tarde.
Cada día que despunta en el horizonte es la sonrisa de Dios diciéndote: “Hijo, te doy una página en blanco. Escribe hoy una linda historia. Aprovecha las oportunidades. Perdona. No pierdas el tiempo cultivando sentimientos que te envenenan el alma.”
¿Qué tienes para ahorrar hoy? Economiza agua, energía electica, economiza tiempo. Aprovecha tu juventud para guardar el pan que comerás en tu vejez y sal para los desafíos de este día seguro de que estás en los brazos de Jesús. Ah y no olvides que todo tiene su tiempo: “Tiempo de buscar y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar”.
A su debido tiempo
Por eso hoy, si por algún motivo encuentras en tu camino alguna razón para sentirte solo y sin valor, piensa en el misterio de la encarnación, levanta la cabeza y sigue enfrente, rumbo al glorioso destino que Dios estableció para ti.
Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer… (Gálatas 4: 4, 5).
Hay un aspecto del texto de hoy, que deseo resaltar. El versículo empieza diciendo “Cuando vino el cumplimiento del tiempo.” Ni un minuto después. En el tiempo exacto. Dios es un Dios puntual. El tiempo es un don precioso que Él respeta.
El relato de la creación muestra que Dios organizó su tiempo en días. Para cada día había una tarea. El primer día dijo “sea la luz.” El segundo día creó la expansión y así por delante. Creo que Dios no necesita una agenda escrita pero sin duda tiene todo organizado. Es un Dios de orden.
Eso no significa que estableció un deber más para añadir a la montaña de deberes que muchos cristianos creen que deben cargar. Nada de lo que Dios hace tiene como objetivo hacer de la vida humana, un fardo. Al contrario, Él sabe que una vida sin una programación establecida es una vida condenada al fracaso.
Cuando no existe un orden de prioridades las cosas suceden por accidente y por accidente, el éxito solo puede ser fruto de la “suerte.” Hay mucha gente lamentando el hecho de no tener “suerte.” Por tras de esas lamentaciones se esconde la falta de organización y trabajo.
La puntualidad es parte de una vida organizada. Mi padre acostumbraba a decir: “Si alguien marca un compromiso contigo a las dos de la tarde pídele que mejor sea a las tres, pero tú preséntate a la una.” Exageraciones aparte, el consejo de mi padre fue valioso a lo largo de mi vida. La puntualidad no cuesta nada y trae muchos beneficios.
Pero el texto de hoy tiene un segundo pensamiento. Llegado el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su hijo, nacido de mujer. Quiere decir, lo hizo humano, carne. Para siempre. Pablo dice que hoy tenemos en el cielo un intercesor que es Jesucristo hombre. ¡Qué amor inmensurable! La encarnación de Cristo hablará sin palabras, por toda la eternidad, acerca del valor del ser humano. A pesar de su rebeldía, Dios lo buscó. Jesús dejó su trono y vivo a este mundo de sufrimiento y dolor para buscar lo que se había perdido. Y todo eso, a su debido tiempo.
Por eso hoy, si por algún motivo encuentras en tu camino alguna razón para sentirte solo y sin valor, piensa en el misterio de la encarnación, levanta la cabeza y sigue enfrente, rumbo al glorioso destino que Dios estableció para ti.
Y no te olvides: “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer.”
Reflexiona
Está vida es una lucha permanente entre el bien y el mal. El campo de batalla es el corazón del ser humano. El enemigo hará todo lo que pueda para apoderarse de tu corazón y para eso echará mano del dolor. Le gusta ver sufrir a los hombres. Sabe que cada vez que sufres, él toca el corazón de Dios. Pero el Señor permite que a pesar de eso tú atravieses por el valle del sufrimiento.
En el día del bien goza del bien; y en el día de la adversidad considera. Dios hizo tanto lo uno como lo otro, a fin de que el hombre nada halle después de él. Eclesiastés 7:14
Lo vi sin querer. Sentado en la escalinata de la estación del tren. Alto, cabello castaño hasta los hombros, ojos pardos. Estaba desecho. Jamás podría reconocerlo si él no gritase mi nombre.
Me contó la historia triste de su vida. Había fracasado, en los negocios y en la vida. Dos matrimonios deshechos, tres hijos que se avergonzaban del padre, esclavo del alcohol, en fin. El típico ser humano destruido por las circunstancias.
Todo empezó, me dijo, con la muerte de su hijo en un accidente. “No estaba preparado para el dolor” balbuceo, mientras bajaba la mirada como si el dolor volviese sin querer.
¿Sabes? Nadie está preparado para la adversidad. Pero el consejo del sabio es “En el día de la adversidad, considera.” Otras versiones dicen, reflexiona. Reflexionar es el acto de parar y pensar. ¿Pensar en qué? Que Dios hizo tanto el bien como la adversidad. ¿Cómo?
En el texto de hoy, el escritor atribuye a Dios el bien y el mal. Eso es típico de la literatura hebrea. En realidad es típico del ser humano. Finalmente, todo lo que sucede en este mundo se le atribuye a Dios porque al fin de cuentas Él es Dios. Nada sucede debajo del sol sin su consentimiento. Él podría evitar que el dolor tocase la vida de sus hijos pero muchas veces no lo impide porque es la única manera de hacernos crecer.
Recuerdo cuando era joven y me gustaba el deporte. Las horas de entrenamiento eran terribles y dolorosas, pero era la única manera de adquirir fuerza física para el momento del partido.
Está vida es una lucha permanente entre el bien y el mal. El campo de batalla es el corazón del ser humano. El enemigo hará todo lo que pueda para apoderarse de tu corazón y para eso echará mano del dolor. Le gusta ver sufrir a los hombres. Sabe que cada vez que sufres, él toca el corazón de Dios. Pero el Señor permite que a pesar de eso tú atravieses por el valle del sufrimiento.
Del otro lado, saldrás más maduro. Como la piedra bruta que fue lapidada y se transformó en un bello diamante. Por eso hoy, no te desanimes, si hay nubes en tu cielo o si el sol parece que se ha ocultado. Tómate de la mano de Jesús y enfrenta las dificultades. “En el día del bien goza del bien; y en el día de la adversidad considera. Dios hizo tanto lo uno como lo otro, a fin de que el hombre nada halle después de él.”