DEVOCIONALES
¡Cuidado!
El sufrimiento es una experiencia intrusa en la vida humana. Es lógico que sientas repulsión por el dolor. Pero, es necesario aprender a confiar en el amor divino. Dios jamás te prometió que en esta tierra no serías tocado por el dolor, pero prometió que en el momento de las lágrimas, Él estará a tu lado listo a enjugarlas y a fortalecerte para pasar en medio del vendaval sin amilanarte.
No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras. Eclesiastés 5:2
La habitación estaba vacía, pero se respiraba recuerdos en cada uno de sus rincones, añoranzas con sabor de amargura, gemidos de un corazón hecho pedazos. Trozos de dolor, de incomprensión y de revuelta.
Los recuerdos se esparcían aquí y allí. La imagen de un niño pequeño jugando con sus carritos de madera, le hacía volver al pasado. Un pasado que de tanto doler, se hacía presente a cada amanecer.
Alba se mordió los labios y maldijo a Dios. Lo hacía todos los días desde la trágica mañana que contempló a su hijo sin vida. En su corazón de madre triste ya no había lugar para la fe. Se negaba a seguir aceptando la idea de un Dios que permitía la muerte de un inocente.
El sabio Salomón en el versículo de hoy advierte: ¡Cuidado! “No te des prisa con tu boca.” No permitas que el sentimiento te lleve a decir algo de lo que más tarde te arrepientas. Y la razón que el escritor bíblico presenta, para ser cauteloso con lo que se dice en el momento del dolor es que “Dios está en el cielo y tú sobre la tierra.” No es posible entender los infinitos misterios divinos con la finita mente humana. “Mis pensamientos no son los tuyos.” Afirma el Señor a través de Isaías.
Yo sé que si perdiste un ser querido inesperadamente o si el dolor, en otra de sus muchas formas, ha tocado tu vida, la tendencia natural del ser humano es no aceptar la realidad. Es que ni tú, ni yo, ni nadie fue creado para sufrir. El sufrimiento es una experiencia intrusa en la vida humana. Es lógico que sientas repulsión por el dolor. Pero, por otro lado es necesario aprender a confiar en el amor divino. Dios jamás te prometió que en esta tierra no serías tocado por el dolor, pero prometió que en el momento de las lágrimas, Él estará a tu lado listo a enjugarlas y a fortalecerte para pasar en medio del vendaval sin amilanarte.
Por eso hoy, sacude el polvo de la insatisfacción y a pesar de las adversidades, marcha tomado de la mano de tu Padre. Y “No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras.”
¿Cuál es el camino?
Esto sacude la idea de que vida cristiana es solo vivir en una comunión teórica con Jesús, o que el cristianismo fervoroso, se limita a hacerle una declaración romántica de amor a Jesús y cantarle, lleno de emoción. Todo eso es bueno, pero la vida cristiana es más que solo eso. Es vivir los principios de la Palabra de Dios.
Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino? Juan 14:5
La preocupación del ser humano siempre fue encontrar el camino que lo lleve a la felicidad. En cierta ocasión, Tomás le preguntó a Jesús, “Señor, muéstranos el camino.” Y la respuesta del Maestro fue: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.” Jesús es el camino y la verdad.
No existe nada más concreto y absoluto que Jesús. Infelizmente, vivimos en días cuando la verdad, para los seres humanos, se ha hecho relativa. El pluralismo y el relativismo, son dos filosofías que están impregnadas en todo. El pluralismo enseña que desde el momento que no existe un solo ser humano, es lógico, que no puede haber solo un concepto correcto. Pluralismo viene de ahí, de la palabra plural, muchos.
Consecuentemente nace el relativismo, porque se existen muchas maneras de pensar no puede existir una sola verdad, sino muchas, por tanto la verdad es relativa, mejor dicho, depende de lo que cada uno quiera pensar.
Pero cuando Jesús afirmó que Él es la verdad, estaba yendo contra el pluralismo y el relativismo. La verdad, desde el punto de vista bíblico es absoluta y está basada en la Palabra de Dios. Jesús lo dijo en su oración sacerdotal: “Santifícalos en tu verdad, tu Palabra es la verdad.”
Pero, al final de cuentas, la verdad ¿es Jesús o es la Palabra de Dios? Ambos. Jesús es el verbo, la palabra de Dios que se hiso carne y vino a habitar entre nosotros. En Jesús, la palabra no era solo teoría, Él era la Palabra hecha carne y vivida.
Esto sacude la idea de que vida cristiana es solo vivir en una comunión teórica con Jesús, o que el cristianismo fervoroso, se limita a hacerle una declaración romántica de amor a Jesús y cantarle, lleno de emoción. Todo eso es bueno, pero la vida cristiana es más que solo eso. Es vivir los principios de la Palabra de Dios.
Disponte a vivir los principios bíblicos, aunque las personas se burlen de tus convicciones o piensen que vives en la “edad de la piedra.” Deposita tu confianza en Jesús, acepta las enseñanzas de su Palabra y no digas como Tomás: “Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?”
Refugio
Cómo es bueno entonces tener un refugio en Dios. Correr a sus brazos, esconderte en su regazo, conversar con Él en oración y de allí, salir sin temor para enfrentar las luchas de la vida
No hay santo como Jehová; Porque no hay ninguno fuera de ti, Y no hay refugio como el Dios nuestro. (1 Samuel 2:2)
Las montañas del Colorado se muestran blancas esta mañana. Es el invierno, que llegó temprano y vistió los picos con su sábana de nieve. Contemplando el paisaje desde el avión, escribo este devocional. “No hay refugio como el Dios nuestro,” dice el texto.
Tú solo comprendes el valor del refugio cuando la tormenta llega o el peligro acecha. Si alguien anduviese perdido en estas montañas majestuosas, moriría sin un refugio. El refugio es la cueva salvadora, el escondrijo dónde estás a salvo del enemigo.
Esta vida es una permanente lucha. Hay un enemigo que quiere destruir las cosas más preciosas que Dios te dio. No quedará satisfecho mientras no te vea postrado a sus pies. Tratará de destruir tus sueños, planes e ideales. Colocará barreras en el camino. Usará a los otros y muchas veces tus propias debilidades para alcanzar su objetivo.
Pero la promesa de hoy es que tú tienes un Dios que jamás falla. En las horas de dolor y lágrimas. Cuando piensas que llegaste al fin. Él es santo. No hay otro como Él. Será refugio en el momento de crisis.
¿En qué sentido es refugio? Cuando vas a Él, a través de la oración, Dios elimina el temor y coloca paz en tu corazón. Un corazón sin temor es capaz de mirar salidas que el miedo impide. Está probado que en las horas de mayor peligro, lo que provoca más tragedias es el pánico y no el accidente en sí. El pánico tiene sus raíces en el miedo.
Tal vez este sea tu problema más grande. El miedo te incapacita de vencer, te hace huir hasta de una hormiga, te lleva a imaginar dificultades que no existen y te paraliza.
Cómo es bueno entonces tener un refugio en Dios. Correr a sus brazos, esconderte en su regazo, conversar con Él en oración y de allí, salir sin temor para enfrentar las luchas de la vida.
No salgas hoy de casa sin correr a los brazos de tu refugio eterno. Cuéntale tus temores. Dile tus tristezas. Abre tu ser a Él y recibe la inspiración y fuerza para vencer. Jamás estás acabado, si tienes un refugio. Y recuerda: “No hay santo como Jehová; Porque no hay ninguno fuera de ti, Y no hay refugio como el Dios nuestro.”
Mi elección diaria
El ser humano no es más que un niño. Va por la vida queriendo hacer todo solo, y solo, se hiere, sufre y llora. Así es hoy, lo fue en el pasado y lo será hasta que Jesús vuelva.
En aquel día mirará el hombre a su Hacedor, y sus ojos contemplarán al Santo de Israel. Isaías 17:7
Júlia esbozó una linda sonrisa al recibir su regalo. Era el día de su cumpleaños y ella estaba soñando con ese presente por mucho tiempo; hablaba sobre él de día y de noche; a toda hora, en todo lugar.
Su papá se aproximó y le dijo:
-Hijita, déjame armar eso. Yo puedo ayudarte.
-¡No papito! Yo puedo sola.
Pasados 20 minutos vino el llanto. El juguete soñado, ansiado, hablado y cantado por mucho tiempo estaba roto y sin condición de ser usado. Con los ojos llenos de lágrimas la niña miró a su padre y le dijo: Papá, ¿puedes ayudarme? ¿Arreglas mi juguete?
El ser humano no es más que un niño. Va por la vida queriendo hacer todo solo, y solo, se hiere, sufre y llora. Así es hoy, lo fue en el pasado y lo será hasta que Jesús vuelva.
El texto de hoy muestra esa realidad. El pueblo de Israel tenía un pacto establecido con Dios: Ustedes me obedecen y yo los cuido. Simple. Bastaba seguir ese acuerdo y la vida sería buena, sin dolor, ni lágrimas. Pero por más simple que pareciera, Israel insistía en ir por otro camino.
Se comprometió con la idolatría de los pueblos que lo rodeaban, puso de lado el pacto y al propio Dios. En varias ocasiones el Señor lo llamó de vuelta, lo invitó a sus brazos, lo buscó como a una manada perdida pero el pueblo simplemente dijo: ¡No! La consecuencia era inevitable.
Un día el poderoso ejército de Asiria vino con toda su fuerza, lo derrotó, lo esclavizó y lo humilló. Sobraron dolor, vergüenza, sufrimiento, y el pueblo, dice el texto de hoy, se acordó de Dios. ¿En esa hora? No, que Dios no lo oyese más, inclusive porque Dios siempre oye a su hijo; pero ¿tenía que esperar ese momento? Tantas invitaciones, mensajes, llamados y nada, pero cuando el dolor, la tristeza y la vergüenza llegaron, Israel se acordó de Dios.
En la vida existen opciones. Una de ellas es aceptar la protección divina cuanto todo va bien, y la otra es buscar a Dios cuando todo va mal. En ambas Dios oye, te salva del dolor y te da la protección que necesitas, pero, ¿en qué situación piensas que es mejor buscarlo?
Antes de comenzar un nuevo día repite: “Hoy oiré tu voz mi Creador, mis ojos estarán en ti Santo de Israel.”
Estaré Contigo
Tal vez, este consejo te llega mientras saboreas el sabor amargo de la derrota. Lloras la lagrima de los sueños frustrados. Los castillos que construiste, se desmoronaron en un instante. Vinieron las ondas de la crisis y descubriste que habías edificado sobre la arena. Miras a todos los lados y tratas de descubrir qué es lo que salió mal.
Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé. (Josué 1:5)
Moisés había muerto y su cuerpo había sido enterrado. La despedida había sido, dolorosa y dulce. Reflexiva y estremecedora. Inevitable.
Cuando un líder muere, el pueblo se ve desorientado. Pierde su punto de referencia, vacila a veces, mira al futuro con temor. Fue en esas circunstancias que Dios se dirigió a Josué, el nuevo líder y le dijo las palabras mencionadas en el versículo de hoy.
La promesa involucraba relación. Dios estaría con el joven líder, no lo dejaría, ni lo desampararía. Dios siempre está con los que reconocen su fragilidad y lo buscan. La pregunta es: ¿Está el ser humano con Dios?
Dios nunca abandona a sus criaturas. Es la criatura, en sus locos arrebatos de independencia, que abandona al dador de la vida. Al principio, todo le parece fascinante. Vivir sin reglas y correr por los pastos engañosos del existencialismo le pareces la aventura que siempre soñó.
El tiempo, sin embargo, se encarga de mostrarle la insensatez de su decisión. En lugar de encontrar las montañas deseadas de la victoria, desciende a los abismos oscuros y solitarios de la derrota. Se asusta e intenta inútilmente encontrar la salida.
Dios, sabía que Josué corría el riesgo de conducir el pueblo a la muerte. Por eso se le presentó una noche y le recordó que la condición para conquistar los grandes desafíos de la vida era estar en Él.
Tal vez, este consejo te llega mientras saboreas el sabor amargo de la derrota. Lloras la lagrima de los sueños frustrados. Los castillos que construiste, se desmoronaron en un instante. Vinieron las ondas de la crisis y descubriste que habías edificado sobre la arena. Miras a todos los lados y tratas de descubrir qué es lo que salió mal.
Vuelve tus oídos al consejo de hoy. ¿Está Dios contigo? ¿Tienes la seguridad que el brillo seductor del éxito no te llevó a abandonarlo? Luchaste solo. Corriste solo. Y cuando el enemigo apareció, no pudiste hacerle frente.
Por eso hoy, no salgas de casa sin recordar la promesa divina: “Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé.”
¡Oh bendita esclavitud!
Enfrenta los desafíos de un nuevo día reconociéndote esclavo del amor. Sirve a tu dios. Ayuda a tus semejantes. Haz felices a las personas que viven a tu lado y que a veces perecen por falta de un gesto de cariño.
Porque el que en el Señor fue llamado siendo esclavo, liberto es del Señor; asimismo el que fue llamado siendo libre, esclavo es de Cristo. (1 Corintios 7:22)
Jesús es el divisor de aguas. El lindero entre el pasado y el fututo, entre lo que nunca debió haber sido y lo que será. Si no conoces a Jesús tienes todo por conocer. Jesús es todo. En Él convergen las victorias y las derrotas. Las victorias como el punto de partida de una nueva experiencia y las derrotas como el fin de una vida sin sentido. En Jesús, el ciego descubre la luz, el paralítico percibe que puede andar, los leprosos renacen y los muertos se encuentran de nuevo con la vida.
Jesús trasciende el tiempo. En él las horas se detienen, se hacen un permanente presente, no pasan. Él es la propia eternidad. Cuando Jesús llama, el esclavo ve el milagro de sus cadenas rotas. No más grillajes atados a sus pies, no más humillación, no más hábitos perniciosos que dominan, ni vicios que se apoderan de los momentos más bellos. La culpa no te martiriza más. Puedes contemplar el nacimiento del sol desde las alturas de la libertad, y observar el desabrochar de una flor sin que el látigo del capataz hiera tus espaldas.
Cuando Él llama, el libre se torna esclavo. Esclavo del amor. Sirve porque es su deleite servir, porque entiende que una eternidad de servicio no será suficiente para pagar el sacrificio de amor que se pintó de rojo en un madero en forma de cruz.
Ignora la belleza del evangelio el que vive atormentado por las reglas. Tú solo percibes que existe ley de tránsito cuando cruzas el semáforo rojo. Mientras lo respetes, conducir es un placer.
Mal entiende el amor de Jesucristo, el que piensa que por causa de la gracia, puede vivir sin límites. Existen los límites del amor. Son horizontes sin fin de una vida abundante para quien respeta las leyes de la vida en este partido entre el bien y el mal.
Por eso hoy, enfrenta los desafíos de un nuevo día reconociéndote esclavo del amor. Sirve a tu dios. Ayuda a tus semejantes. Haz felices a las personas que viven a tu lado y que a veces perecen por falta de un gesto de cariño.
Nunca es tarde para comenzar de nuevo. Siempre está abierta la posibilidad de cambiar el rumbo de la vida, porque: “El que en el Señor fue llamado siendo esclavo, liberto es del Señor; asimismo el que fue llamado siendo libre, esclavo es de Cristo.”
¿Quién soy yo?
Hoy, sale un nuevo sol. El mismo que se ocultó ayer, pero puede ser diferente para tí, si recuerdas que un día saliste de las manos de Dios y aunque la vida te sonrió y conquistaste montañas elevadas, continúas siendo criatura dependiente e instrumento al servicio de la humanidad.
Entonces Moisés respondió á Dios: ¿Quién soy yo, para que vaya á Faraón, y saque de Egipto á los hijos de Israel? (Éxodo 3:11)
En los ojos de Arí merodeaba la locura. El desequilibrio insano de días y noches recibiendo la visita de sus propios fantasmas. Noches sin fin y sin sueño. Días de tormento y de agonía. En esas circunstancias, la muerte era apenas un paso hacia el vacío. La muerte para aquel joven empresario, se le había antojado siempre, oscura como sus noches y vacía como su alma.
Nadie es capaz de cumplir la misión de la vida sin entender primero la esencia de su ser. ¿Quién eres tú? ¿De dónde viniste y a dónde vas?
¿Eres fruto de la casualidad, a través de un fenómeno natural llamado evolución, o saliste de las manos de un creador que te colocó en esta vida con una misión? La visión de futuro de cualquier persona depende de su visión de pasado.
Por eso Moisés, cuando recibió la misión de libertar al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, le preguntó a Dios: “¿Quién soy yo?” Partir para el cumplimiento de la misión sin conocer la esencia del ser, puede ser trágico. Lo fue con Arí. En la cúspide del éxito, creyó que era un semidiós, incapaz de cometer errores. La cabellera rubia y los ojos azules lo engañaron. Muchas veces llegó a soñar que el mundo estaba a sus pies y que los seres humanos eran sus vasallos.
Creció. Prosperó. Aparentemente había realizado sus sueños cuando se perdió en medio de las llamas de sus delirios. Sus ojos empezaron a brillar con un brillo extraño, comenzó a dar órdenes inconexas, irracionales, infantiles y la familia percibió que estaba ausente. Lejos de la razón, sumergido en el mar de sus alucinaciones.
Pasó el resto de su vida en una clínica de reposo. Aullaba en las noches como un lobo. Su lamento se perdía en la inmensidad de un universo del cual solo era una partícula y no el dueño, como siempre había pensado.
Hoy, sale un nuevo sol. El mismo que se ocultó ayer, pero puede ser diferente para tí, si recuerdas que un día saliste de las manos de Dios y aunque la vida te sonrió y conquistaste montañas elevadas, continúas siendo criatura dependiente e instrumento al servicio de la humanidad.
Haz de este día un día de reflexión y recuerda: “Moisés respondió á Dios: ¿Quién soy yo, para que vaya á Faraón, y saque de Egipto á los hijos de Israel?”
Afirmados
Existe un plan divino y maravilloso para cada vida. Nadie vino al mundo por acaso. La felicidad consiste en descubrir y llegar al lugar exacto para el que fuimos creados. A veces, por las cosas de esta vida, perdemos el rumbo, nos deformamos, creamos aristas y es necesario que pasemos por el esmeril del dolor
Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca. (1 Pedro 5:10)
Marlon lucía terrible. El accidente le había deformado el rostro y lo había confinado a una silla de ruedas. A pesar que todo el mundo le sugería agradecer a Dios por haberle salvado la vida, el joven atleta de 23 años, no entendía por qué Dios había permitido que le ocurriera aquel accidente que terminó con sus sueños de una medalla olímpica.
No era culpado del accidente. El conductor del otro vehículo, dirigía ebrio y fue Marlon el que sufrió las peores consecuencias. ¡Injusto! Desde cualquier punto de vista. Menos de la perspectiva divina.
La promesa de hoy afirma que los hijos de Dios no están libres de las dificultades sino que, después de haber padecido un poco, Él los afirmará, fortalecerá y perfeccionará.
Me gusta le expresión perfeccionará. En griego es Kataritzo. Significa cortar una piedra para que quepa en el lugar exacto.
Existe un plan divino y maravilloso para cada vida. Nadie vino al mundo por acaso. La felicidad consiste en descubrir y llegar al lugar exacto para el que fuimos creados. A veces, por las cosas de esta vida, perdemos el rumbo, nos deformamos, creamos aristas y es necesario que pasemos por el esmeril del dolor para ser kataritzo. O sea, perfeccionados y lapidados a fin de ocupar el lugar exacto para el que fuimos creados.
Marlon entendió el propósito divino del dolor, años después, cuando por causa del accidente tuvo que desarrollar otros dones que hubieran quedado adormecidos si continuase con su carrera de atleta.
Hoy, solo agradece a Dios. Sabe que el Señor, en su sabiduría infinita, aprovechó el trágico accidente para llevarlo al lugar exacto.
Por eso hoy, no te desanimes delante del dolor. Recuerda siempre que “El Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca.”
Prestar atención
Nadie es feliz solo porque desea serlo. Todo el mundo anhela llegar al valle encantado de la prosperidad. Pero es imposible hacerlo sin seguir las instrucciones.
Por eso el consejo de hoy es “Atiende con diligencia, las cosas que has oído.”Diligencia requiere trabajo y esfuerzo. Ninguna instrucción conduce a la realización si la persona no está dispuesta a pagar el precio: obediencia estricta a las instrucciones.
Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos. (Hebreos 2:1)
Seguramente, en algún lugar del mundo, alguien leerá estas líneas mientras el dolor de la derrota atormenta su alma. Alguien que consume apresurado las últimas frases de su propia historia, seguramente querrá atesorar en su corazón el consejo de hoy. Alguna persona que desea borrar el pasado y empezar como si jamás hubiera terminado, seguramente entenderá lo que Dios quiere decirle.
Pero, seguramente también alguien alrededor de la tierra, leerá lo que estoy escribiendo y será como si nunca hubiera leído nada. No prestará atención mientras él otro lee en voz alta. Se olvidará y será como si la semilla jamás hubiera caído en el terreno de su corazón.
Es la ley de la vida. No todos escuchan. Y si escuchan no oyen. Y si oyen no guardan. La semilla cae en terrenos diferentes. El propio Señor Jesucristo lo dijo en forma de parábola.
Pero el consejo de hoy es “Atiende con diligencia las cosas que has oído.” ¿De qué sirve tener un mapa en las manos si no estás dispuesto a obedecer sus instrucciones? La palabra de Dios contiene las instrucciones que llevan al puerto deseado de la felicidad. Nadie puede darse el lujo de ignorarla.
El camino hacia el fracaso está alfombrado de vidas que conocieron las Escrituras pero las desobedecieron. Intentaron ser felices a su manera, siguiendo sus propios impulsos y un día despertaron en las montañas frías de la infelicidad.
Nadie es feliz solo porque desea serlo. Todo el mundo anhela llegar al valle encantado de la prosperidad. Pero es imposible hacerlo sin seguir las instrucciones.
Por eso el consejo de hoy es “Atiende con diligencia, las cosas que has oído.”Diligencia requiere trabajo y esfuerzo. Ninguna instrucción conduce a la realización si la persona no está dispuesta a pagar el precio: obediencia estricta a las instrucciones.
Haz de este día un día de victorias y conquistas. Sacude el polvo de la derrota. Hecha la mediocridad a un lado. No te conformes con lo que lograste hasta aquí. Existen montañas que todavía no fueron conquistadas. Ellas te aguardan a lo lejos. Sigue con fe, pero recuerda: “Es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos.”
Manera de vivir
Haz de este día un día de justicia y santidad. Santidad cristiana no significa andar todo el tiempo con la biblia debajo del brazo y preocupado en descubrir lo que es pecado. Santidad es la maravillosa experiencia de andar con Jesús. Todos los días, en todos los momentos. Y esa experiencia puede empezar para ti hoy.
Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir! (2 Pedro 3:11)
Vivimos en un mundo materialista. Las cosas espirituales parecen utopía. Hay gente sincera que piensa que el cielo, la tierra nueva, las mansiones celestiales y la segunda venida de Cristo, son cosas que están solo en la imaginación de gente fanática. Pero la Biblia está llena de escenas dramáticas que muestran que en todos los tiempos hubo gente incrédula que un día tuvo que enfrentarse con la realidad de las cosas.
En los tiempos de Noé, por ejemplo, muchos hombres llegaron al punto de considerar que Noé estaba loco. Nunca había llovido, ¿Por qué tendría que llover ahora?
Pero un día, el futuro que parecía irreal y distante, llegó, y las puertas del arca se cerraron, el cielo se puso oscuro, empezó a llover. Muchos corrieron a pedir ayuda a Noé, pero Noé no pudo hacer nada. Manos invisibles habían cerrado el Arca y sol Dios podría abrirla.
La Biblia afirma que cuando Jesús se manifieste en las nubes de los cielos, habrá gente que, llorando, dirá: “Pasó la ciega, se acabo el verano y nosotros no hemos sido salvos.” Dejaste pasar tu oportunidad, no tomaste las cosas espirituales a serio, te dejaste contagiar por la filosofía materialista de nuestros días, no fuiste capaz de mirar hacia el futuro, no fuiste capaz de valorizar las promesas divinas, la bendición, la salvación. Ahora, se acabó la oportunidad, ya es demasiado tarde, ya no hay más bendición.
Todos nosotros un día, pasaremos por el momento dramático semejante a este. Gente que vivió como si el presente nunca fuese terminar. Vivió sin mirar al cielo.
Por eso el texto de hoy advierte: Todo lo que ves a tu vuelta acabará. Esta tierra no es eterna. Jesús vuelve para ponerle un punto final a la historia del pecado. Ya que esto es lo que va a suceder ¿Por qué no vivir con esa expectativa en el corazón y andar sabiendo que nuestro verdadero hogar se aproxima?
Haz de este día un día de justicia y santidad. Santidad cristiana no significa andar todo el tiempo con la biblia debajo del brazo y preocupado en descubrir lo que es pecado. Santidad es la maravillosa experiencia de andar con Jesús. Todos los días, en todos los momentos. Y esa experiencia puede empezar para ti hoy.
No olvides.” Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir!”
Bienaventurado
Hoy puede ser el día de victoria, que tanto esperabas. Hoy puedes levantarte de las cenizas. Camina por la vida sin temor. Levanta la frente en alto. Tu enemigo está a tus pies. La hora final le llegó. Hoy es tu oportunidad.
Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman. (Santiago 1:12)
El otoño se va. Aquí en los Estados unidos, el invierno llegó. Los copos de nieve ya empiezan a caer como pedacitos encantadores de algodón. Pero lo que me impresiona es la resistencia de las hojas delante del frío destructor. No mueren conformadas, luchan. Su lucha es una explosión de colores maravillosos. Verde, amarillo, rojo anaranjado, en fin. Como si un pintor hubiera pasado por la naturaleza derrochando toda su arte.
Las hojas mueren resistiendo hasta el fin. Mueren, la muerte gloriosa de los inconformados con la situación. Mueren derramando la última gota de vida para alegría de los hombres.
Si las hojas fuesen gente. La bienaventuranza de hoy sería para ellas. Soportan los vendavales del invierno hasta la muerte. Su corona de vida es el festival colorido de su muerte.
Dios jamás habría presentado esta bienaventuranza si la victoria sobre el pecado no fuese segura. Al morir Jesús en la cruz y al resucitar el tercer día, estaba clavando la estocada fatal en el corazón del enemigo de las almas.
Satanás hoy, es un enemigo derrotado, agonizante, gimiendo los estertores de la muerte. No tiene más derecho de vencer a nadie. No tiene condiciones. Todo lo que puede hacer es tentarte. Obligarte a ceder, no. Si caes es porque de alguna manera decidiste caer. Si hay algo que el enemigo no puede hacer es obligarte a hacer lo que no quieres.
Haz como las hojas. Resiste. No estás solo. Cuando caes de rodillas, Dios envía millares de ángeles para auxiliarte. La batalla es dura, pero la victoria es segura.
Hoy puede ser el día de victoria, que tanto esperabas. Hoy puedes levantarte de las cenizas. Camina por la vida sin temor. Levanta la frente en alto. Tu enemigo está a tus pies. La hora final le llegó. Hoy es tu oportunidad.
Sal, en el nombre de Jesús y enfrenta todo lo que venga por delante, sabiendo que a tu lado marcha, alguien que no conoce la derrota. Y no te olvides: “Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman.”
Buscar a Dios
Nada hay en tu vida que el Señor Jesús no pueda sanar. La enfermedad del pecado es la peor de todas las enfermedades porque no solo mata el cuerpo sino también el espíritu. Pero a lo largo de la historia, Dios siempre ha cumplido su promesa en la vida de los que se han acercado de Él con fe.
Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra. (2 Crónicas 7:14)
Rigoberto, despertó con el rostro amarillo, ojeras profundas y una horrible sensación pastosa en la boca. Como un autómata, se levantó y se dirigió al baño. El encuentro con su imagen, ante el espejo, le produjo una sensación horrible de nauseas, Casi no se reconoció.
Se lavó la cara con jabón, como si en aquel acto, quisiese borrar de su mente el recuerdo de la noche de pecado que había vivido.
No era la primera vez. El joven de ojos grises y sonrisa de niño ingenuo, sabía que no podía continuar con aquella vida. Conocía los principios bíblicos desde niño. Pero eso no hacía mucha diferencia. Cuando la tentación surgía se tornaba una pobre e indefensa víctima de las tendencias que cargaba en su naturaleza.
Después de pecar, se sentía sucio, inmundo, indigno del amor de Dios y con ganas de morir. Le había prometido a Dios tantas veces, que su vida cambiaría, pero cuanto más lo intentaba, más se hundía en la arena movediza de sus pobres intenciones.
Un día, en su desesperación, tomó la Biblia y encontró el versículo de hoy. “Si mi pueblo buscare mi rostro, yo sanaré sus tierras.” Decía la promesa.
Sanar sus tierras. Era eso lo que Rigoberto necesitaba. Sus tierras estaban enfermas de pecado. Nada podía hacer él, para resolver ese problema, a no ser buscar a Dios.
La palabra buscar, en hebreo es baqash, literalmente significa desear. Todo lo que Rigoberto necesitaba hacer era desear, mirar a Jesús y decirle: “Señor, yo no puedo. Si depende de mí, estoy perdido. Por eso vuelvo los ojos a ti, ¿Puedes hacer algo por este humilde pecador?” En ese momento viene el cumplimiento de la promesa divina. “Yo sanaré tu tierra.”
Esa promesa continua válida para tí. Nada hay en tu vida que el Señor Jesús no pueda sanar. La enfermedad del pecado es la peor de todas las enfermedades porque no solo mata el cuerpo sino también el espíritu. Pero a lo largo de la historia, Dios siempre ha cumplido su promesa en la vida de los que se han acercado de Él con fe.
¿Qué harás tú con la promesa? Sal para la batalla de hoy, recodando que “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.”
Tus vestiduras
La definición de dignidad como aparece en el texto de hoy, no es merecimiento, no es la recompensa por el buen comportamiento. No soy digno por lo que hago o dejo de hacer, sino por lo que creo y acepto.
Pero tienes unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras; y andarán conmigo en vestiduras blancas; porque son dignas. (Apocalipsis 3:4)
Las personas en Sardis eran dignas. Dignidad, perfección, rectitud, justicia. Cualidades deseadas, que al mismo tiempo asustan. ¿Quién se atrevería a decir que es digno? Mucho menos Charles.
No es que Charles sea malo o que sea un pecador contumaz, es simplemente un hijo de Dios que lucha todos los días para vivir conforme a las enseñanzas de la palabra de Dios. Charles es la imagen de muchas personas que van a la iglesia toda semana. Es un buen ciudadano, buen padre, buen amigo, buen empleado pero de ahí a decir que es digno, perfecto, recto y justo, hay mucha distancia. Por lo menos, eso piensa charles.
Su problema es que no sabe qué padrones usar para medir su dignidad, su justicia, su perfección y su rectitud. El se mide por aquello que le parece correcto, por lo que los otros dicen, por lo que hace, come, o viste.
El legalismo hace de la propia vida, el centro de la experiencia cristiana. Se concentra en la opinión de las personas, y no en Dios, ni en su amor. El legalismo despoja a la ley de la gracia, la deja, fría, seca y sin vida.
La definición de dignidad como aparece en el texto de hoy, no es merecimiento, no es la recompensa por el buen comportamiento. No soy digno por lo que hago o dejo de hacer, sino por lo que creo y acepto.
Las personas de Sardis eran dignas porque poseían vestiduras blancas. Esas vestiduras son el símbolo maravilloso de la justicia de Cristo. Esas personas no esgrimen su propia justicia sino que se esconden en la justicia de Cristo, se visten con las ropas del cordero y Dios las ve como si nunca hubieran pecado.
Hoy es un nuevo día, apodérate de la justicia de Cristo, no dirijas los ojos hacia tus propias consecuciones, ni confíes en lo que eres capaz de hacer. Si lo haces quedarás frustrado. Confía en el Señor Jesús. Por eso no salgas para enfrentas las luchas de este día sin arrodillarte y pedir que la gracia maravillosa de Cristo cubra tus pecados. Y recuerda las palabras de Jesús: “Pero tienes unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras; y andarán conmigo en vestiduras blancas; porque son dignas.”
Venid a mí
Nadie jamás vino a Jesús y volvió frustrado. Él es el agua de vida que calma la sed del alma. El pan que satisface el hambre del espíritu. Millones lo han buscado y han recibido el bálsamo curador de la paz que inunda el corazón del cansado peregrino.
Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. (Mateo 11:28)
Buenos Aires despierta perezosa, esta mañana, metida en una niebla espesa. Me levanto y bajo al restaurante del hotel a desayunar. En mi mesa tengo un par de medialunas y una taza de chocolate con leche. A mi lado, en otra mesa, una pareja discute la relación hecha pedazos. No se importa con los otros.
En el clímax de la discusión, el hombre golpea la mesa con violencia, se levanta y vocifera: “Estoy cansado de esta vida miserable. No quiero verte más. Me voy.”
Y se va. Quién sabe a dónde. Toma la avenida 9 de julio y desaparece. La señora lo sigue en lágrimas.
Subo a mi cuarto. Mi ventana da al Obelisco. Me quedo un rato observando aquella joya arquitectónica, símbolo de esta ciudad cosmopolita. Después, recordando el triste incidente del desayuno, empiezo a escribir.
“Estoy cansado de esta vida miserable.” Dijo aquel hombre, antes de partir. Todos los días, hay gente que despierta cansada. No es cansancio físico. Ojalá lo fuera. Para ese tipo de cansancio hay remedio. Pero, ¿Qué haces con el cansancio del alma? ¿A dónde vas cuando las sesiones de psicoanálisis no resuelven tu problema, ni los somníferos logran que duermas? El cansancio de vivir lleva al ser humano a la inercia emocional. Ama sin amar. Camina sin observar. No disfruta de las cosas bellas que la vida ofrece. Simplemente sigue el rumbo de la existencia, sin alegría.
Más de dos siglos atrás, el Señor Jesucristo dijo: “Venid a mi todos los que estáis cansados.” Esta es una invitación a los que están cansados de vivir las agruras cotidianas, a los que luchan y no alcanzan, a los derrotados, a los que cayeron en la rutina agobiante de trabajar sin motivación.
Nadie jamás vino a Jesús y volvió frustrado. Él es el agua de vida que calma la sed del alma. El pan que satisface el hambre del espíritu. Millones lo han buscado y han recibido el bálsamo curador de la paz que inunda el corazón del cansado peregrino.
Hoy puede ser tu día de encuentro con Jesús. Es tan simple. Solo abrir el corazón y decirle que no puedes. Aceptar tus limitaciones humanas y confiar en su poder divino. No salgas hoy, a enfrentar las cosas que te esperan allá afuera sin repetir la promesa de Jesús: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.”
Consuelo
Para que por dos cosas inmutables, en las cuales, es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. (Hebreos 6:18)
Con el rostro descompuesto por la noche sin dormir, el cigarrillo, el café y el alcohol, Ériko se incorporó del sofá y aparentando un aire de indiferencia con la vida, se aproximó, tambaleando, de la ventana.
El panorama desde donde él estaba, era un espectáculo impresionante. El sol despuntaba en el horizonte recortando las siluetas de los edificios en el centro de Richmond, pero a él no le importó eso. Sin pensar dos veces, se lanzó al abismo.
Vivía en un pequeño apartamento del décimo piso. Sus únicos compañeros, en los últimos días, habían sido los libros esparcidos por el suelo, un gato, la soledad de divorciado y una montaña de cuentas a pagar.
Las autoridades llegaron a la conclusión de que el descendiente de italianos, cometió suicidio porque estaba ebrio y no sabía lo que hacía.
La verdadera explicación la había dejado él, escrita en un papel garabateado con letras que anunciaban muerte. Desesperado por los problemas familiares y financieros que atravesaba, no vio solución. No encontró un rayo de luz en su noche oscura.
Pena que Ériko ignorase el versículo de hoy. Es imposible que Dios mienta. Sus promesas son seguras. Y los que corren para apoderarse de la esperanza que tenemos en Él, son consolados.
La esperanza es la luz en medio de la oscuridad. No la ves. La sientes en tu corazón. Es una voz que te dice: “No todo está perdido. Necesitas confiar en Jesús. Él siempre cumple sus promesas. Jamás miente.”
Mientras vivas en este planeta de dolor y aflicciones, las nubes de las dificultades, oscurecerán tus días, muchas veces. En esas horas, la esperanza es la palanca que te levanta, la fuerza que te impulsa, la motivación que la victoria requiere.
No desanimes. Hoy es un nuevo día. Hay sol por encima de las nubes que anuncian lluvia. La tormenta pasará. Nada dura para siempre. Solo la esperanza. La biblia fue escrita “Para que por dos cosas inmutables, en las cuales, es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros.”
Tu Justicia
Cuando encuentres en tu camino muchas voces llamándote a transitar por los caminos que te llevan a la destrucción y a la muerte, acuérdate que tú eres santo, separado para un propósito especial. No eches las perlas a los puercos. Tú eres una joya preciosa, de un valor infinito.
Entonces nacerá tu luz como el alba y tu santidad, se dejará ver en seguida; tu justicia irá delante de ti y la gloria de Jehová será tu retaguardia. (Isaías 58:8)
La santidad es algo que no se puede ocultar, pero al mismo tiempo, es como el perfume; resultar empalagosa, cuando usada sin medida.
Imagínate con el cuerpo sudado después de haber corrido durante una hora. No encuentras agua y para resolver el problema, te secas el sudor con la toalla y te colocas perfume para disfrazar el olor del sudor. ¿Qué resultaría? No es necesario responder.
Ahora imagínate debajo de la ducha dejando que el agua limpia resbale por tu cuerpo. Después, al salir a la calle, te colocas dos gotitas de un perfume delicioso. Estoy seguro que todas las personas te van a mirar mientras caminas. No existe mejor fragancia que la de un perfume colocado con discreción en un cuerpo limpio.
La santidad es el perfume espiritual del cristiano. No hay cómo pasar desapercibido cuando el perfume de Cristo está reflejado en tu vida. “Tu luz nacerá como el alba y tu santidad se dejará ver en seguida” dice el profeta.
Pero, ¿qué es santidad? La palabra santo, en el original griego encierra el significado de algo que fue separado para un propósito especial. Es la consciencia de que no eres un ser común, de que perteneces al rey del universo, de que fuiste comprado con sangre, de que eres parte de la familia real.
Por eso, cuando encuentres en tu camino muchas voces llamándote a transitar por los caminos que te llevan a la destrucción y a la muerte, acuérdate que tú eres santo, separado para un propósito especial. No eches las perlas a los puercos. Tú eres una joya preciosa, de un valor infinito. El Señor Jesucristo lo dejó todo en el cielo y vino a esta tierra a buscarte porque tiene un propósito especial para tú.
Sal hoy por los caminos de la vida, pero sal con la consciencia de tu santidad. Pero recuerda que no existe santidad sin justicia. Busca a Jesús y su justicia y no importa que haya una montaña de dificultades y tentaciones a tu frente, serás lo más precioso que Jesús tiene en esta vida y vivirás como tal. “Entonces nacerá tu luz como el alba y tu santidad, se dejará ver en seguida; tu justicia irá delante de ti y la gloria de Jehová será tu retaguardia.”
Consolados para consolar
Si eres consciente de que no puedes fabricar amor, necesitas ir a la verdadera fuente del amor que es Dios. Dios no solo tiene amor, ni solo muestra amor, o apenas da amor. Él es el propio amor. Cuando ofrece amor, se ofrece a sí mismo, cuando muestra amor, se muestra a sí mismo.
Pues tenemos gran gozo y consolación en tu amor, porque por ti, oh hermano, han sido confortados los corazones de los santos. (Filemón 1:7)
Existen personas cuya influencia consoladora es admirable. Filemón era una de ellas. “Por ti han sido consolados los corazones de los santos.” Le dice Pablo. La mayoría de los seres humanos tenemos dificultad para observar el dolor de las personas afligidas que viven a nuestro lado. Es propio de nuestra naturaleza pensar en nosotros mismos y ver las circunstancias adversas que surgen todos los días. El espíritu de queja e la insatisfacción se apodera del corazón. Casi siempre creemos que a los otros les va bien y solo a nosotros nos salen mal las cosas.
¿Cuál era la razón de la vida inspiradora de Filemón? Su amor. Pablo habla de gozo y consolación “en tu amor.” Una vida sin amor es incapaz de ver el dolor ajeno. Vive apenas concentrada en su propio dolor.
Pero hay que entender que el amor no es algo que tú fabricas. Por más que te esfuerces, que lo intentes y que tengas fuerza de voluntad, la triste realidad es de tu amor, el mío y el de todos los seres humanos está manchado por la terrible mancha del egoísmo. Así somos, desde la entrada del pecado a este mundo. Egoístas, incoherentes y absurdos en nuestra manera de amar. Decimos que amamos al conyugue, pero, ¿A dónde se va ese amor cuándo descubrimos que fue infiel? Decimos que amamos al hijo, pero ¿Qué sucede cuándo descubres que él hizo algo contra ti?
Por lo tanto, si eres consciente de que no puedes fabricar amor, necesitas ir a la verdadera fuente del amor que es Dios. Dios no solo tiene amor, ni solo muestra amor, o apenas da amor. Él es el propio amor. Cuando ofrece amor, se ofrece a sí mismo, cuando muestra amor, se muestra a sí mismo. Sin él, no existe amor. Dios es la misma esencia del amor. Y el ser humano, solo puede reflejar, aunque sea pálidamente el verdadero amor, en la medida en que viva conectado al Dios Amor.
Haz de este día un día de amor y de consolación. Mira a tu al derredor y consuela al que está triste. Quién sabe un día alguien diga de ti lo que Pablo dijo de Filemón: “Pues tenemos gran gozo y consolación en tu amor, porque por ti, oh hermano, han sido confortados los corazones de los santos.”
Él sabe
El corazón. Esa es la clave de un cristianismo con significado; el corazón lleno de amor hacia Dios, el corazón que busca estar a Su lado, el corazón que anhela el compañerismo permanente de Jesús.
Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús. Filipenses 4:19
¿Has pensado alguna vez, por qué tienes que orar contándole todo a Jesús, si Él conoce bien lo que sucede contigo? La verdad es que el propósito de la oración no es informarle nada a Dios. “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta,” afirma el versículo de hoy. ¿Entonces por qué hay que orar? El propósito de la oración es cultivar el compañerismo con Jesús, conversar con Él, tener consciencia de su presencia. Es como la experiencia de los novios que se encuentran para conversar. ¿De qué hablan? De todo y de nada. Lo que importa no es lo que dicen sino el momento de compañerismo, el estar al lado de la persona amada.
Muchos creen que orar es simplemente pedir. ¿Ya imaginaste como sería la vida de dos personas enamoradas si solo se encontrasen para pedirse cosas? La tragedia del ser humano es que vive solo, intenta vencer solo, se atreve a alcanzar sus sueños, solo. Y el resultado, es que se hiere y hiere a las personas amadas que viven a su lado.
Jesús desea entrar en tu vida, formar parte de tus planes, luchar a tu lado para hacerlos realidad y el instrumento para permanecer a tu lado es la oración. No por causa suya sino por tu causa. Eres tú el que necesita tener consciencia de que no estás solo. Saber que Jesús está contigo te infunde valor, determinación, optimismo y la voluntad de levantarte y continuar luchando, a pesar de las circunstancias adversas que te pueden rodear.
En los tiempos de Jesús, los fariseos habían caído en el formalismo de una religión vacía. Creían que el simple cumplimiento de deberes y obligaciones les garantizaba la salvación. “Este pueblo de labios me honra, pero su corazón está lejos de mí.” dijo el Señor en aquella ocasión.
El corazón. Esa es la clave de un cristianismo con significado; el corazón lleno de amor hacia Dios, el corazón que busca estar a Su lado, el corazón que anhela el compañerismo permanente de Jesús.
Haz de este día un día de compañerismo con el Señor. Mientras caminas, juegas, estudias, trabajas o lo que hagas, ten consciencia de que no estás solo, conversa con Él como si estuviese sentado a tu lado mientras diriges tu vehículo. Y recuerda la oración de Pablo: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.”
Obras
La victoria es posible con Jesús. Por eso el libro de Apocalipsis está lleno de promesas para los vencedores. La victoria no es una fantasía, ni una utopía, ni algo reservado solo para los que tienen mucha fuerza de voluntad. La victoria es un presente de amor que Jesús ofrece a los que con humildad lo buscan.
El cual pagará a cada uno conforme a sus obras. (Romanos 2:6)
Por algún motivo, muchos cristianos no entienden el lugar de las obras en la experiencia espiritual. Las obras no salvan a nadie. La Biblia enseña con claridad meridiana que la salvación es únicamente por la gracia maravillosa de Jesús. Este mensaje está presente desde el libro de Génesis cuando un cordero, que simboliza a Jesús, es sacrificado para resolver el problema de la desnudez humana; pasando por el pueblo de Israel, donde cada israelita tenía que ofrecer a Dios un corderito, como expiación por su pecado, hasta el libro de Apocalipsis, que termina diciendo “La gracia del Señor esté con todos vosotros.”
Pero el texto de hoy es también claro al afirmar que el resultado final de la gracia, son las buenas obras y que al fin, seremos juzgados por lo que hicimos o dejamos de hacer. La gracia no está reñida con las obras. Ambas tienen lugar en la experiencia de una persona que ha entregado su vida a Jesús. La gracia es la causa de la salvación, las obras, son el resultado. La confusión sucede cuando cambiamos los papeles y pensamos que las obras, nos califican para la salvación, o ya que fuimos salvos en Cristo, no necesitamos preocuparnos por las obras.
La otra confusión sucede cuando queremos que las buenas obras sean el resultado de nuestro esfuerzo. Si para alguna cosa vale el esfuerzo humano es para buscar a Jesús y mantener con Él, compañerismo diario a través de la oración, del estudio de la Biblia y de la testificación.
¿Por qué se necesita esfuerzo? Porque la naturaleza humana, que todavía cargamos, nos lleva lejos de Dios. No es natural que ella quiera vivir en comunión con Jesús.
Pero el hecho de que nos sea natural no significa que debas quedarte vegetando en el terreno de la mediocridad espiritual y aceptar pasivamente una vida de derrotas espirituales.
La victoria es posible con Jesús. Por eso el libro de Apocalipsis está lleno de promesas para los vencedores. La victoria no es una fantasía, ni una utopía, ni algo reservado solo para los que tienen mucha fuerza de voluntad. La victoria es un presente de amor que Jesús ofrece a los que con humildad lo buscan.
Haz de este día un día de victorias espirituales y de muchas obras, sabiendo que Dios, “pagará a cada uno conforme a sus obras.”
Sígueme
Ahora ya todo ha pasado. El sol aparece sonriente a la orilla del mar de Galilea, cuando el Señor se presenta a sus discípulos. Pedro no tiene siquiera el valor de levantar la mirada. ¿Qué decir? ¿Cómo justificar que lo ha negado? Es Jesús el que toma la iniciativa. Gracias a Dios, siempre es Jesús el que parte en dirección del hombre caído, es Él, el que busca, el que llama y finalmente encuentra al pecador.
Esto dijo, dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: Sígueme. (Juan 21:19)
Julio del año 58. Roma está en llamas. Se murmura en la ciudad que el autor del incendio es Nerón, pero se culpa a los cristianos. Muchos de ellos, cubiertos de betún, son quemados vivos. Pedro corre una suerte diferente. A él lo crucifican de cabeza para abajo. Por lo menos eso afirma la tradición. Muerte heroica la de Pedro. Diferente, de aquel hombre cobarde que juró no conocer al Maestro, la noche en que el Salvador del mundo fue crucificado.
Aquella noche triste; la más triste de las noches tristes, la miseria del hombre había llegado a su expresión más audaz. Y en medio de aquella tragedia, tal vez Pedro y Judas fuesen los símbolos de la manera como el ser humano reacciona delante del sacrificio de Cristo.
Judas se suicidó. No fue capaz de resistir el peso de la culpa. Sus carnes fueron hechas pedazos por los perros, al día siguiente. Pedro también sintió el peso abrumador de la consciencia. El martillo de la culpa lo golpeó sin piedad, pero el Apóstol creyó en la promesa de perdón de Jesús y lloró arrepentido de su traición.
Ahora ya todo ha pasado. El sol aparece sonriente a la orilla del mar de Galilea, cuando el Señor se presenta a sus discípulos. Pedro no tiene siquiera el valor de levantar la mirada. ¿Qué decir? ¿Cómo justificar que lo ha negado? Es Jesús el que toma la iniciativa. Gracias a Dios, siempre es Jesús el que parte en dirección del hombre caído, es Él, el que busca, el que llama y finalmente encuentra al pecador.
Tú conoces bien la historia. Después de preguntarle tres veces si lo ama, le anuncia a Pedro, el triste fin que le espera si desea seguirle. Y él acepta. Ya no va al Maestro atraído por el reino, por las luces o por las bendiciones. Eso es asunto del pasado. Su motivación ahora es el amor y cuando el amor llena tu corazón, toma también posesión de tus ojos, de tu mente, en fin, de tu ser entero. Ya no ves las dificultades, ni los problemas, ni las amenazas que te esperan. El amor te constriñe, te arropa en su manto y te hace avanzar seguro en medio de la tormenta.
Si Pedro murió, como la tradición describe, poco importa. Importa que muriera sirviendo a su Señor y testificando de su amor. Por eso hoy, tú también sal a enfrentar las dificultades, recordando que “Esto dijo, dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: Sígueme.”