DEVOCIONALES
Le escarnecían
O te arrodillas hoy con santo temor y cuando Él vuelva te levantas alegre para recibirlo. O te levantas hoy para burlarte y te arrodillas en el día final para reconocer su señorío.
Y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas, y una caña en su mano derecha; e hincando la rodilla delante de él, le escarnecían, diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos! (Mateo 27:29)
Uno de los más bellos discursos que escuché, fue pronunciado por el que fuera Presidente del Perú, Fernando Belaúnde Terry. Al bajar del avión, retornando de Punta del Este, después de una reunión de presidentes donde había sido ovacionando de pie, pronunció las siguientes palabras: “¿Qué me aplaudes pueblo peruano, si fui a Punta del Este porque tú me enviaste? ¿Y qué laureles me alcanzas, si tú te los ganaste?” ¡Extraordinario! ¡Una joya de discurso! Expresa el valor de una corona de laureles. Los seres humanos la buscan desesperadamente porque simboliza éxito, prosperidad, y victoria.
Pero Jesús vino a este mundo a recibir una corona de espinas que simboliza dolor, sufrimiento y vergüenza. Y lo importante es que al dejar sus mansiones celestiales y descender a este mundo manchado por el pecado, Jesús sabía a lo que estaba viniendo, sabía lo que le esperaba. Y así mismo vino.
Desde su niñez el Salvador del mundo sabía que el camino a recorrer estaba alfombrado de lágrimas y aflicciones. Al fin de cuentas, eso es lo que el pecado había introducido a este mundo. ¿Cómo librarnos de las espinas sin sorber el amargo vaso del dolor?
Aquel día el universo temblaba en todos sus rincones. Los verdugos se arrodillaban con sarcasmo delante de Jesús y le llamaban rey. Mal sabían ellos que un día se volverán a arrodillar. No más para burlarse de Él sino para clamar a las rocas y a los montes que caigan encima de ellos y los oculten de la presencia de Aquel que un día despreciaron.
Hoy es el día. O te arrodillas hoy con santo temor y cuando Él vuelva te levantas alegre para recibirlo. O te levantas hoy para burlarte y te arrodillas en el día final para reconocer su señorío.
Nadie puede huir. Ningún argumento sirve para postergar la decisión. El Maestro está a la puerta del corazón y llama. Hoy es el día de buena nueva. Entrégale el corazón mientras eres joven, mientras puedes andar con tus propios pies. Él está ahí con los brazos abiertos, esperándote. No te olvides. “Y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas, y una caña en su mano derecha; e hincando la rodilla delante de él, le escarnecían, diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos!”
Te veré otra vez
“Yo era ese muchacho. Me separaron de ti aquel día, pero nunca perdí la esperanza de volverte a ver. Jesús viene pronto para sentarse de nuevo a la mesa contigo”.
Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre. (Mateo 26:29)
En un campo de concentración, un joven mira a través de la cerca y ve a una muchacha, linda como la luz del sol. Ella le arroja una manzana roja a través de la cerca, el muchacho la recoge y un rayo de luz ilumina su mundo. No duerme aquella noche. El rostro angelical de la joven le viene a la memoria.
Al día siguiente, se aproxima otra vez de la cerca y ve de nuevo a la joven con otra manzana roja en la mano. Hace mucho frio, pero dos corazones son abrigados por el amor, mientras la manzana atraviesa la cerca.
El incidente se repite varios días. Dos jóvenes en lados opuestos de la cerca se buscan solo por un momento, para intercambiar miradas tiernas.
Cierto día, el joven le dice:
“Mañana no me traigas la manzana. No estaré más aquí, me llevarán a otro campo de concentración.” Y se va triste, tal vez para nunca más la volver.
Desde aquel día, la imagen de la joven, aparece en su mente en momentos de tristeza. Sus ojos, las pocas palabras, la manzana roja. Su familia muere en la Guerra. Su vida es casi destruida pero en los momentos más difíciles, la sonrisa tímida de la chica, le trae aliento y esperanza.
Los años pasan. Un día, en los Estados Unidos dos adultos se conocen al acaso, en un restaurant. Conversan de la vida. Hablan de sus encuentros y desencuentros.
-¿Dónde estuviste durante la Guerra? -Pregunta la mujer.
-En un campo de concentración, en Alemania.
-Yo recuerdo que le arrojaba manzanas a través de la cerca a un joven que también estaba en un campo de concentración.
Con el corazón casi saliendo por la boca el hombre balbucea:
-¿Y ese muchacho te dijo un día: “Mañana no me traigas la manzana porque me llevarán?
-Si- respondió ella, presintiendo algo maravilloso, ¿Cómo sabes eso?
Él la mira a los ojos, como se mira a una estrella y le dice: “Yo era ese muchacho. Me separaron de ti aquel día, pero nunca perdí la esperanza de volverte a ver. ¿Quieres casarte conmigo?
Jesús viene pronto para sentarse de nuevo a la mesa contigo. “Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre.”
Primero lo de adentro
Vive con Él todos los días. No te separes del Maestro en ningún momento y verás que los frutos maravillosos de la vida cristiana, aparecerán en tu vida como un resultado natural de vivir al lado de Jesús.
¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio. (Mateo 23:26)
Lo primero que el escritor necesita al redactar cualquier artículo es del pensamiento central. Este es el fundamento, la espina dorsal que sostendrá a las palabras. Todo lo demás es complemento. Por más bellas que sean las expresiones, si no existe nada por dentro, es solo una colección de palabras vacías.
La vida cristiana es muy parecida. Pero el ser humano siempre tuvo dificultad para entender esto. Su preocupación es la apariencia, lo que se puede ver; tal vez, por su incapacidad de saber lo que existe en el corazón de las personas.
El pueblo de Dios, en los tiempos de Cristo vivía este drama. Una exagerada preocupación de parecer bueno. Énfasis en la apariencia. Creía que cuanto más grande fuese la cantidad de prohibiciones, más santa, sería la vida religiosa. Tal vez sus intenciones fuesen buenas. Quién sabe era sincero. Pena que sinceridad nunca fue sinónimo de estar en el camino correcto. El tiempo se encargó de mostrar como esa manera de ver las cosas, solo conducía a la desesperación, al desencanto y a la frustración espiritual, por no alcanzar lo que se había propuesto.
El Señor Jesucristo lo confrontó con la realidad del Espíritu. “Limpia primero lo de dentro.” ¡Qué mensaje! Lo de fuera es consecuencia, resultado, fruto, o como lo quieras llamar. Lo esencial, lo básico, lo indispensable, lo que realmente vale es lo que hay dentro. Jesús había venido al mundo exactamente para realizar esa obra, que ningún ser humano puede hacer: Transformar la naturaleza interior, limpiar la fuente de las intenciones y de los sentimientos; curar de verdad y no solamente colocar un adhesivo para disfrazar la herida.
¡Autenticidad! Esa es la palabra correcta. Una vida auténtica es una vida fundamentada en Cristo. Cualquier experiencia que vivas separado de Él es cáscara, fachada, apariencia. No esperes caer agonizante en el camino de la vida para entender un mensaje tan simple.
Haz de este día un día de comunión con Jesús. Vive con Él todos los días. No te separes del Maestro en ningún momento y verás que los frutos maravillosos de la vida cristiana, aparecerán en tu vida como un resultado natural de vivir al lado de Jesús.
¿Qué señal?
Haz de este día un día de preparación, recordando que aunque no sabemos el día ni la hora de la venida de Cristo, todo indica que estamos viviendo los últimos tiempos de nuestra historia en esta tierra.
Y estando él sentado en el monte de los Olivos, los discípulos se le acercaron aparte, diciendo: Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo? (Mateo 24:3)
La curiosidad es innata en el ser humano, en realidad es el primer paso para el descubrimiento. Nada habría sido descubierto en el mundo si el hombre no fuese curioso por naturaleza. Pero la curiosidad debe ser orientada de forma correcta, sino puede llevar, inclusive, a la destrucción. Esa fue la tragedia de nuestros primeros padres.
La pregunta, “¿Qué señal habrá de tu venida?” la encontramos repetida varias veces en la Biblia. El ser humano desea saber, no solo las señales, sino la fecha exacta del mayor evento de la historia. Pero por algún motivo especial Jesús no especificó la fecha de su venida.
Éramos nueve hermanos. Papá trabajaba en las minas y venía a casa cada dos semanas. Antes de viajar nos dejaba una lista con los deberes que debíamos cumplir para su llegada. Eran deberes diarios, pero nosotros dejábamos todo para la última hora. Cuando llegaba el día final, nos distribuíamos las tareas y en pocas horas teníamos todo listo. Papá se emocionaba al llegar. Pensaba que tenía hijos maravillosos y obedientes. Estaba engañado.
Cierto día hubo un accidente en las minas. Los trabajos fueron suspendidos, mandaron a todos los trabajadores para casa y él, llegó antes de lo previsto. Para sorpresa suya, se deparó con la triste realidad. Los hijos queridos, no eran tan maravillosos como él pensaba.
Esta es apenas una historia y mi padre apenas un ser humano. No tenía la capacidad de conocer el corazón de los hijos. Pero Dios es Dios y con Él las cosas son diferentes.
Mucha gente se pregunta porque Jesús no anunció el día exacto de su vuelta. Creo que la razón es la naturaleza del corazón humano. Si supiésemos el día exacto, viviríamos sin tener en cuenta sus consejos. Faltando pocos días arreglaríamos la vida y trataríamos de prepararnos para ir con Él. Esto no le haría ningún bien al hombre. Por eso Jesús incluyó el elemento sorpresa y el énfasis que la Biblia da, no es a la fecha, sino a la preparación del ser humano para encontrarse con el Señor.
Haz de este día un día de preparación, recordando que aunque no sabemos el día ni la hora de la venida de Cristo, todo indica que estamos viviendo los últimos tiempos de nuestra historia en esta tierra.
El camino de la gloria
Hoy es un nuevo día, y una nueva oportunidad de reorientar tus valores y analizar la búsqueda de tu corazón. ¿Hacia dónde te diriges? ¿Qué blancos persigues? Déjate guiar por la Palabra de Dios y haz de este día un día de servicio.
Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. (Mateo 23:12)
¿Qué deseaba el Señor Jesús al hacer una declaración cómo está? ¿Filosofar? ¿Presentar un enigma? ¿Simplemente confundir? ¡No! ¡Jamás salió de la boca del maestro un consejo que no fuese realidad de vida!
Solo que para entender la practicidad de sus palabras es necesario, a veces fracasar. El dolor es un maestro convincente. El dolor trae debajo de sus alas a la vergüenza. El dolor y la vergüenza te llevan a las profundidades penosas del fracaso, tierra fértil para el análisis y la meditación. Entonces entiendes que podrías haber escalado la cumbre de tus sueños por un terreno más seguro, a pesar de más difícil.
El versículo de hoy nos muestra las contradicciones del reino de Dios y el reino de los hombres. En el reino de Dios, caminas para abajo y sin embargo subes. Diferente del reino de los hombres en el que tratas de llegar arriba y te descubres en el terreno pantanoso del abismo. El egoísta corazón humano es incapaz de entender las cosas del Espíritu. Por eso la vida en este mundo es la desesperada carrera atrás de la gloria, el poder, las luces y los aplausos. Para alcanzarlos, se echan a un lado los valores, los principios y hasta el respeto propio. Un día puedes lograr lo que tanto buscas, pero entonces descubres que continúas vacio y te desesperas y no sabes a dónde más correr.
Cuando te dejas guiar por el Espíritu, las cosas son diferentes. Tu gloria es el camino de la abnegación, del servicio, de la renuncia y del altruismo. No buscas gloria, tratas de servir, pero extraño como parezca, ese camino te conduce a las alturas y un día te descubres en medio de las pantallas que no buscaste. Es el brillo de una noche de sueño tranquilo, la paz de un corazón que no debe y la quietud del amor de gente querida a la que supiste hacer feliz.
Hoy es un nuevo día, y una nueva oportunidad de reorientar tus valores y analizar la búsqueda de tu corazón. ¿Hacia dónde te diriges? ¿Qué blancos persigues? Déjate guiar por la Palabra de Dios y haz de este día un día de servicio, “Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.”
¡Cercado!
Vives en un mundo en el cual el camino, no está siempre alfombrado de rosas para los hijos de Dios, pero a pesar de eso, las espinas que muchas veces hacen sangrar tus pies, son las bendiciones que el Señor te está preparando.
Entonces se fueron los fariseos y consultaron cómo sorprenderle en alguna palabra. (Mateo 22:15)
Mientras Cristian se coloca la corbata antes de dirigirse al trabajo, nota un aire de tristeza en su mirada y se pregunta: “¿Qué pasa conmigo? Continúa mirando su rostro, concluye que, el motivo de esa preocupación, es la insistente persecución de sus compañeros de trabajo. La actitud hostil de sus amigos está afectando su ánimo y últimamente siente un leve temor inconsciente de ir a la oficina.
Todo empezó cuando Cristian descubrió la Biblia, y quiso compartirla, con sus colegas. Unos se burlaron, otros se mantuvieron indiferentes, y otros inclusive dejaron de hablar con él. Pero desde el día en que Cristian se bautizó, las cosas empeoraron. Últimamente, los colegas lo cercan, observaban todo lo que él hace y dice, para hallar alguna falta en sus actitudes y decirle que es un hipócrita al decir que su vida ha cambiado desde que conoce a Jesús.
El versículo de hoy presenta a Jesús enfrentando las mismas circunstancias que Cristian. Con una diferencia. Los fariseos hacían las mismas cosas que los colegas de nuestro joven, no solo con el propósito de burlarse o dejarlo en ridículo, sino con el objetivo de condenarlo y matarlo.
En la vida cristiana muchas veces vas a pasar por ese tipo de situaciones. Gente que te observa solo con el deseo de encontrar una aparente contradicción entre lo que dices y lo que haces, gente que muchas veces va a preguntar sobre tu fe, solo para encontrar algún error. Sí dices sí, te acusarán y condenarán por la respuesta afirmativa, si dices no, vendrán contra ti por haber dicho no. Nada de lo que hagas o dejes de hacer, los satisfará. Te arrinconarán en una esquina de la argumentación, para hacerte perder la paciencia y exasperarte.
No les hagas caso, no reacciones defensivamente; eso es lo que buscan. Pídele a Dios mansedumbre, ternura, paciencia. Muchas veces, por detrás de personas con ese tipo de actitud, hay gente sincera que es tocada por el Espíritu Santo, mediante la simplicidad y nobleza, de tu reacción.
Sal hoy, sabiendo que vives en un mundo en el cual el camino, no está siempre alfombrado de rosas para los hijos de Dios, pero a pesar de eso, las espinas que muchas veces hacen sangrar tus pies, son las bendiciones que el Señor te está preparando. Así fue con Jesús. “Fueron los fariseos y consultaron cómo sorprenderle en alguna palabra.”
El silencio del Padre
No había otra manera de salvar a la humanidad. No había otra salida. En aquel momento, en las manos de Jesús estuvo nuestro destino. Dependía de Él. Si quisiese podría retornar al cielo, y estaríamos perdidos para siempre.
Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? (Mateo 26:40)
El dolor de Jesús, aquella noche, aumentaba de intensidad al ver la indiferencia de sus discípulos. Ellos ni siquiera podían ayudarlo a orar. Dormían como si nada anormal estuviese sucediendo. ¡Ironía de la vida! En el mar de Galilea, una noche, Jesús dormía mientras ellos se desesperaban. ¿Cuál era el motivo de su desesperación? Una simple tormenta. Pero ahora que el clímax de la tormenta cósmica que se avecinaba y el destino de la humanidad estaba en juego, ahora que la vida eterna y no solo la mezquina vida terrenal, estaba para ser decidida, ellos dormían.
¿Te das cuenta cómo, los seres humanos valoramos las cosas y las situaciones? ¡Que Dios tenga misericordia de nosotros!
Al verse solo, Jesús, aquella noche, oró a su Padre, y aparentemente no tuvo respuesta. Su oración fue: “Padre, si puedes, pasa de mí este cálice, pero no sea hecho conforme a mi voluntad sino a la tuya.”
El cálice es usado a veces en la Biblia como un símbolo de las bendiciones divinas y otras como símbolo de la ira de Dios. En el Getsemaní con toda seguridad el cálice de Jesús, era la más grande bendición que el ser humano podía recibir. ¿Por qué? Porque Jesús estaba recibiendo la ira de Dios, provocada por nuestro pecado, estaba ocupando nuestro lugar. Éramos nosotros sobre quienes el cálice de la ira divina debería ser derramado, Pero el Señor Jesús te amó tanto que Entregó su vida para ocupar tu lugar. ¡Qué bendición!
Jesús Oró aquella triste noche, y, aparentemente, no recibió respuesta de su Padre. Aparentemente, porque el silencio del Padre fue su respuesta: No había otra manera de salvar a la humanidad. No había otra salida. En aquel momento, en las manos de Jesús estuvo nuestro destino. Dependía de Él. Si quisiese podría retornar al cielo, en y estaríamos perdidos para siempre.
¿Eres tú capaz de entender el silencio divino? Ora a Dios y confía en Él. Ora mucho y que la triste historia de los discípulos, no se repita. “Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?”
Decisión
¡Permítele entrar! Deja que el trabaje en ti, de dentro para fuera. Que corrija las cosas que necesitan ser corregidas, que limpie lo que necesita ser limpiado, que coloque orden, paz, perdón.
Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros; porque muchos son llamados, mas pocos escogidos. (Mateo 20:16)
Cuando el texto de hoy, habla de primeros y postreros, no se refiere a una carrera en la que unos llegan en primer lugar y otros se quedan para el final. El pensamiento central es el poder de la decisión. Muchos son llamados. La Biblia es un libro de permanente invitación al pecador. Dios llama, insiste y toca incesantemente a la puerta del corazón humano. Lo llama porque lo ama. Desea que el hijo sea feliz y sabe que lejos del creador, la criatura será siempre incompleta, y por tanto, infeliz.
Pero la triste realizad es que no todos aceptan la invitación divina. Pocos, en comparación con el total de la humanidad. En Sodoma solo se salvó una familia. Por ocasión del diluvio, sucedió lo mismo. Y al final de los tiempos, la historia se repetirá. Serán pocos, los que finalmente serán escogidos porque dijeron sí.
El versículo de hoy dice más, asevera que los que más oportunidades tuvieron serán los que más desperdiciaran la invitación. Los postreros, aquellos que se pensaba que no serían, serán; mientras que los primeros, aquellos que tenían todo a su favor, se perderán.
El centro de la decisión está en el poder de la voluntad. Dios le dio libertad al ser humano y la respetará hasta el fin. No puede obligarte, no puede derribar la puerta del corazón y entrar contra tu voluntad. Tú tienes que querer, tú tienes que decir sí. En el momento que lo hagas, todos los ejércitos celestiales correrán para ayudarte, pero nadie puede hacer nada por ti, si te niegas a abrir.
Todos los días tomas decisiones. Unas te llevan hacia el dolor y el sufrimiento. Son decisiones de muerte. Otras, te conducen al servicio y a la entrega. Son decisiones de vida. Haz de este día un día de decisiones sabias. ¡Ábrele el corazón a Jesús! ¡Permítele entrar! Deja que el trabaje en ti, de dentro para fuera. Que corrija las cosas que necesitan ser corregidas, que limpie lo que necesita ser limpiado, en fin, que coloque orden, paz, perdón y la seguridad de que eres una nueva criatura, renacida en Cristo.
No te atrevas a enfrentar los desafíos de este día desconocido para ti, sin pensar en el poder de tu decisión, porque “Los primeros serán postreros, y los postreros, primeros; porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.”
¿Quieres ser perfecto?
Verás que todo lo que antes te parecía hueco y sin sentido, empieza a cobrar significado y entenderás lo que Jesús dijo, al afirmar que vino a este mundo para que tengas vida y la tengas en abundancia.
Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme. (Mateo 19:21)
El versículo de hoy tiene que ver con el encuentro entre Jesús y el joven rico. Sucedió en Jericó. El Maestro ya se iba cuando un joven salió de entre la multitud, se arrodilló delante de Jesús y le preguntó: “Maestro, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” La respuesta fue: “Vende lo que tienes y dalo a los pobres.”.
Aquel joven tenía el corazón lleno de amor por el dinero, vivía en función de las cosas materiales, pero acariciaba inquietudes espirituales, anhelaba entrar al reino de los cielos y no conocía el camino. Entonces Jesús, trató de enseñarle la más importante de las lecciones que el cristiano necesita aprender. Cristianismo es vivir una vida de amor con Jesús y el resultado de esa experiencia de amor, es la perfección.
Tal vez tú respires aliviado en este momento pensando que el consejo de Cristo no te sirve porque tú no tienes mucho dinero. Bueno, el problema de aquel joven era el dinero, pero todos tenemos el corazón lleno de alguna preferencia, que no siempre, es Jesús. Pero el mensaje es: no vale mucho la pena que quieras ser un buen cristiano si no tienes la seguridad de que te has enamorado de Jesús.
El amor debe ser la motivación. Es por amor que haces o no haces. El cristianismo no consiste solo en portarse bien y cumplir todo lo que la iglesia espera de ti. Tu motivación debe ser el amor de Dios. “Dame hijo mío, tu corazón, y que tus ojos se fijen en mis caminos,” dice Dios. Pero si no le has entregado el corazón a Jesús, si tus sentimientos no son enteramente suyos, si todo tu ser no vive en función del amor que Él te inspira, tu vida será simplemente un conglomerado de deberes y obligaciones. No serás feliz y aprovecharás cualquier motivo para abandonarlo todo.
Haz de este día un día de entrega al Señor. Entrégale el corazón. Solo Jesús puede colocar en ti las motivaciones correctas. Y cuando te hayas enamorado de Él, verás que todo lo que antes te parecía hueco y sin sentido, empieza a cobrar significado y entenderás lo que Jesús dijo, al afirmar que vino a este mundo para que tengas vida y la tengas en abundancia.
Parte para tus obligaciones diarias pero, recuerda el consejo divino: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme.”
El valor de las cosas pequeñas
Que es necesario dar oportunidades a los más débiles, que no hay que apresurarse a descartar a los que cometen errores, que no hay que sentenciar a las personas sin darles la oportunidad de empezar de nuevo.
Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como éste, a mí me recibe. (Mateo 18:5)
¡Jamás menosprecies el valor de un niño! Puede parecer frágil, insignificante, desvalido, pero encierra dentro de sí, un potencial que el tiempo se encargará de revelar. Cuando el señor Jesús nació en un humilde pesebre, ¿Quién se atrevería a pensar que ese humilde niño dividiría la historia del mundo? ¿Cómo aquel pequeño ser, haría temblar la fuerza de las tinieblas? Pero así son las cosas en el reino de Dios. Parecen pequeñas pero encierran el potencial que Dios coloca en todo lo que hace.
Pero el texto de hoy dice más. Aquí Jesús afirma que si recibes a un niño en su nombre, en realidad, lo recibes a Él mismo. ¿Qué significa esto? Que es necesario dar oportunidades a los más débiles, que no hay que apresurarse a descartar a los que cometen errores, que no hay que sentenciar a las personas sin darles la oportunidad de empezar de nuevo.
Cuando yo era niño cometía constantes errores. Algunos por incapacidad, otros de propósito, pero tuve padres y maestros que creyeron en mí y me dieron una nueva oportunidad, me enseñaron, invirtieron tiempo en mostrarme el camino y me extendieron la mano cuando necesitaba.
En cierta ocasión me encontré con uno de esos maestros, en California. El tiempo lo había golpeado, inclemente, había envejecido, ya no me parecía tan grande, ni tan alto como cuando yo era un simple adolescente, pero todavía me impresionaba la nobleza de su espíritu y en mi memoria renacía vívido el recuerdo del día en que tomó de mis manos el trabajo mal hecho, de redacción que yo había preparado, me miró a los ojos y, con voz cariñosa, me dijo: “Voy a hacer de cuenta que tú nunca escribiste esto, pero quisiera que tú creas que eres capaz de escribir algo mejor.”
Aquel día, él no tenía la mínima idea de que yo un día llegaría a escribir bastante. ¿O la tendría? No sé, pero recuerdo que la confianza que depositó en mí, me hiso creer que yo podía, si me colocaba en las manos de Dios.
¿Podrías hoy darle la oportunidad a alguien más frágil que tú y que necesita de tu ayuda? ¿Serías capaz de recibir al que falló, como se recibe a un niño? Sal para enfrentar tus deberes diarios hoy, recordando las palabras del Maestro: “Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como éste, a mí me recibe.”
Hijos de Dios
Jesús conoce el camino mejor que nosotros y ciertamente nos conducirá hacia la vida plena en esta tierra, y hacia la vida eterna cuando vuelva por segunda vez.
Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios. (Romanos 8:14)
¿Ser guiado? Al ser humano, no le gusta ser guiado. Está en su naturaleza. Desde pequeño quiere hacer las cosas sin la orientación de nadie. El bebé intenta comer solo y se embadurna el rostro, el niño que aprendió a caminar, corre como un cabrito, se choca contra la vitrina de vidrio y sale llorando y sangrando.
Esa fue la primera tragedia del ser humano en el Jardín del Edén. Dios le había dicho. “No comerás.” Pero vino la serpiente y le “mostró” que comer no le haría mal. “Seréis cómo Dios” le afirmó. Y Eva creyó. Decidió escoger su propio destino, seguir a “su corazón” y no a la Palabra de Dios.
¿Cuál fue el resultado? A partir de aquel día el ser humano continuó buscando su propio camino. Un camino que a pesar de sus buenas intenciones, lo lleva hacia la muerte. Pasó a pertenecer al reino de las tinieblas y en medio de las tinieblas no ve nada y acaba hiriéndose.
Cuando Jesús estuvo en la tierra le dijo a un grupo de personas: “Vosotros sois hijos del diablo y las obras de vuestro padre, el diablo queréis hacer.” ¿Hijos del diablo? Palabras duras, demasiado duras para ser oídas. Pero una triste realidad para la criatura rebelde.
Y ahora viene San Pablo y afirma. Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. ¿Qué? ¿No basta nacer, para ser un hijo de Dios? Por la declaración del Apóstol, no. Todos venimos a este mundo cargando la naturaleza pecaminosa rebelde que desea hacer su propia voluntad. En algún momento de la vida es necesario escoger, decidir, aceptar ser guiado por Dios. Entonces pasamos de muerte para vida. Porque Jesús conoce el camino mejor que nosotros y ciertamente nos conducirá hacia la vida plena en esta tierra, y hacia la vida eterna cuando vuelva por segunda vez.
¿Cómo viví hasta aquí? ¿Quién dirigió mi vida? ¿A dónde me dirijo hoy? ¿Estoy seguro de que mis decisiones y acciones son aprobadas por Dios, o simplemente estoy siguiendo los impulsos naturales de mi corazón rebelde? Estás son preguntas que debo responder antes de enfrentar los desafíos que un nuevo día me presenta.
¿Y tú? ¿Ya revisaste tus planes para hoy? ¿Ya los depositaste en las manos de Jesús? Hazlo. Porque “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios.”
La preocupación de Jesús
Preocúpate por el que sufre a tu lado, olvídate un poco de tus problemas y piensa que en esta vida, siempre hay alguien en peor situación que tú.
Y Jesús, llamando a sus discípulos, dijo: Tengo compasión de la gente, porque ya hace tres días que están conmigo, y no tienen qué comer; y enviarlos en ayunas no quiero, no sea que desmayen en el camino. (Mateo 15:32)
Jesús no vino a este mundo solo para salvarte del pecado aunque el pecado sea la causa de todos tus problemas. Cuando no existía el pecado, el mundo era un mundo perfecto. “Bueno en gran manera,” relata el libro de Génesis. Pero infelizmente el pecado entró trayendo todas sus consecuencias: Violencia, injusticia, egoísmo, hambre, soledad, miedo, en fin. Hoy vivimos en un mundo injusto, plagado de desigualdades. Un planeta donde pocos, desperdician mucha comida y muchos, mueren de hambre.
El peor error que los cristianos podemos cometer, en ese contexto, es el de pensar que nuestra misión es solo predicar el evangelio de salvación, en el sentido de solo portarse bien para llegar al cielo.
La vida victoriosa sobre las tendencias pecaminosas, y el cielo, son verdades meridianas, realidades y no apenas ilusiones o promesas utópicas. Pero la salvación es mucho más que solo esperar la recompensa eterna cuando Jesús vuelva. Ella tiene que ver también con el cotidiano del ser humano, mientras aguardamos el día esperado del retorno de Jesucristo.
El versículo de hoy nos muestra la preocupación divina con las necesidades humanas. Podría haberle resultado fácil a Jesús, predicar las buenas nuevas del reino celestial y dejar que las personas resuelvan su problema de falta de alimento. Pero Él dijo: “Ellos no han comido durante tres días y no quiero enviarlos así, para que se desmayen en el camino.” Este es el Dios del evangelio completo. El sabe que las personas no pueden entender las verdades espirituales, mientras el estómago les ronca de hambre.
Pero el otro error, igualmente fatal que podemos cometer, es el de pensar que la misión de la iglesia es transformar la estructura social injusta de nuestros días, olvidándonos de que la raíz de los problemas humanos no es la estructura social, sino el problema del pecado.
Haz de este día un día de justicia. Alimenta al pobre, calma la sed del sediento, preocúpate por el que sufre a tu lado, olvídate un poco de tus problemas y piensa que en esta vida, siempre hay alguien en peor situación que tú. Y recuerda que “Jesús, llamando a sus discípulos, dijo: Tengo compasión de la gente, porque ya hace tres días que están conmigo, y no tienen qué comer; y enviarlos en ayunas no quiero, no sea que desmayen en el camino.”
Compasión divina
Me emociono, cada vez que pienso en el amor maravilloso de Jesús por mí. Nada soy, nada merezco y sin embargo, Él es capaz de entender las agruras de mi corazón y de extenderme la mano, cada vez que me siento solo.
Y saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos. (Mateo 14:14)
¿Alguna vez te has preguntado cómo el Señor Jesús podría entender tu sufrimiento humano, si Él es un ser divino? El texto de hoy habla de la compasión divina. Jesús se compadeció de la multitud aquella mañana en Capernaún, y se compadece también de ti, hoy. Pero esa compasión no es pena. Jesús no siente pena de ti. La “compasión” mencionada aquí, es más bien empatía, capacidad de entender el drama del ser humano. La palabra en el original griego es splagnizomai, que literalmente significa mover el contenido de una olla. O sea, los sentimientos de Jesús fueron movidos como por un remolino, al observar el dolor de los hombres.
Jesús tiene la capacidad de entender tu dolor porque un día se hizo hombre. No se disfrazó de ser humano, se volvió semejante a nosotros, cargó en su cuerpo la naturaleza física deteriorada por cuatro mil años de pecado, sintió dolor, hambre, frío, sed y calor. Fue rechazado, traicionado, despreciado y al fin, muerto injustamente. ¿Por qué no podía entonces, entender el dolor que sientes en este momento porque alguien te traicionó? ¿Por qué piensas se mantendría indiferente al sufrimiento que se apodera de tu corazón, cada vez que te menosprecian?
Me emociono, cada vez que pienso en el amor maravilloso de Jesús por mí. Nada soy, nada merezco y sin embargo, Él es capaz de entender las agruras de mi corazón y de extenderme la mano, cada vez que me siento solo.
El problema es que para estar seguro de su amor, inclusive en las horas de tristeza, necesitas conocerlo. Y no es posible conocer a alguien con quien no convives. ¡Convivir con Jesús! Esa es la clave de una vida feliz, aún en medio de las tormentas.
¿Cómo se convive con Jesús? Separando todos los días tiempo para meditar en su amor, como lo estás haciendo hoy. Ora, lee la Biblia, gasta tiempo meditando en su vida y en su amor, y al terminar esos momento a solas con Jesús, verás que aunque tu cielo parezca oscuro, el Señor colocará en tu corazón una fuerza capaz de andar por encima del mar, o de pisar las espinas que encuentres en tu camino.
Haz de este día, un día de confianza en Jesús. Deposita sobre sus hombros las tristezas de tu corazón, no tus responsabilidades. Después de haberlo hecho, parte para enfrentar los desafíos de un nuevo día recordando que un día “Saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos”
Predestinados
Dios tiene un plano maravilloso, predestinado para tu vida, pero que ese plano solo se cumplirá si tú aceptas la promesa divina y confías en ella.
En amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad. (Efesios 1:5)
Mirna se detiene frente a un lugar dónde venden loterías. Observa cómo la gente compra, capta el brillo de expectativa en los ojos de esa gente. Quiere entrar y comprar porque el premio de esa semana es de varios millones. “Ojalá tenga suerte,” piensa, y entra.
Muchas personas, como Mirna, creen que las cosas suceden por suerte. Por ejemplo, una coincidencia que surge en el exacto momento que se la necesita, una persona que se conoce en el momento justo, elementos sueltos que de pronto se organizan para resolver un problema, en fin.
Al fin de cuentas, ¿qué es la suerte? Algunos piensan que los fenómenos de la vida ocurren por azar, o sea que nos puede pasar cualquier cosa sin ningún propósito, un cambio radical en la vida, pero ajeno a nuestra voluntad.
Hay otros que creen que existe un destino predeterminado y que la vida se orienta hacia el cumplimiento de ese destino, sobre el cual no tenemos control.
Bueno, Creer en la suerte o en el destino, hace que las personas se sientan libres de su responsabilidades y culpen a infortunadas circunstancias, o al destino, de las dificultades que aparecen por ahí.
Pero si tú revisas la vida de gente victoriosa vas a notar que aunque muchas de ellas encontraron coincidencias extraordinarias, no alcanzaron el éxito solo por esas coincidencias, sino por el trabajo, el optimismo y la fuerza de voluntad que pusieron en lo que hacían.
Lo que determina la victoria o la derrota, el éxito o el fracaso, no es la suerte ni el destino, sino la confianza en Dios y el trabajo. El versículo de hoy afirma que fuimos predestinados para ser hijos de Dios. Eso no significa que aunque no quieras vas a terminar siéndolo. Existen muchos otros textos que declaran con claridad, que la voluntad humana es soberana. Dios la respeta. Por ejemplo, en Juan 3:16 no se dice que todos tendrán vida eterna, sino solo aquellos que creen.
Sal hoy a cumplir tus deberes, seguro de que Dios tiene un plano maravilloso, predestinado para tu vida, pero que ese plano solo se cumplirá si tú aceptas la promesa divina y confías en ella. “En amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad.”
Del corazón de la tierra
¡No temas aunque todo te parezca perdido! No desesperes aunque tus ojos no vean la salida, aunque tu día no tenga sol, ni las aves canten en tu jardín; aunque el corazón te repita una y otra vez que llegaste al fin, no le creas. Dios continúa en el comando de la situación.
Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches. (Mateo 12:40)
¡Por favor, no me digas que estás fracasado, si crees en el Señor Jesucristo! Estás herido talvez, has recibido un golpe tan fuerte que hasta perdiste las ganas de vivir, es posible, pero fracasado nunca.
Este es uno de los mensajes del versículo de hoy. La declaración de Jesús es más que una simple profecía relativa a su propia muerte y resurrección. Es también la promesa profética de que, mientras vivas en este mundo de dolor, el sufrimiento y los ataques del enemigo te pueden alcanzar, pero lo que el enemigo te haga, por más terrible que sea, no es el punto final de la historia.
Jonás descendió a las profundidades más tenebrosas del mar. Quién podría decir que un hombre tragado por un pez gigantesco podría volver a la vida. Era imposible. Jonás estaba acabado. ¿Acabado? Desde el punto de vista humano, tal vez. Jamás desde la perspectiva divina. Después de tres días y tres noches, sucedió lo improbable. El pez lo arrojó vivo en la playa y la misión interrumpida de Jonás fue cumplida.
Con Jesús sucedió lo mismo. Había sido crucificado en la cruz del Calvario y Satanás pensó que había vencido. Jesús estaba muerto. ¿No es la muerte, el fin de todo? Sí, para los seres humanos. Jamás, para Jesús. Pero al tercer día, el cuerpo del Maestro todavía se encontraba en el seno de la tierra y el enemigo continuaba dando carcajadas de victoria en el universo.
Era el primer día de la Semana. Amaneció como cualquier otro día, pero repentinamente, la tumba se abrió, la muerte tuvo que dar lugar a la vida y Jesús resucitó.
¿Sabes lo que Jesús de dice hoy? ¡No temas aunque todo te parezca perdido! No desesperes aunque tus ojos no vean la salida, aunque tu día no tenga sol, ni las aves canten en tu jardín; aunque el corazón te repita una y otra vez que llegaste al fin, no le creas. Dios continúa en el comando de la situación. Dios es vida y mientras te refugies en sus brazos, no hay lugar para la muerte.
¿Te sientes hoy en el fondo del mar o en el corazón de la tierra? Vuelve los ojos a Dios. Reconoce tu insignificancia, pero al mismo tiempo reconoce el poder de Dios y sigue en frente, a pesar de las circunstancias “Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches.” ¿Por qué no lo estarías tú también?
Preparar el camino
Sal hoy para andar por los extraños senderos de esta vida, pero sal a “preparar”; atrévete a servir. Deja que los otros busquen el fulgor de las luces y el calor de las pantallas; tú, simplemente prepara. Pero, prepárate para una sorpresa.
Porque éste es de quien está escrito: He aquí, yo envío mi mensajero delante de tu faz, El cual preparará tu camino delante de ti. (Mateo 11:10)
El versículo de hoy se refiere a Juan el Bautista. Jesús dijo en cierta ocasión que no se ha levantado en todos los tiempos un profeta más grande que este siervo humilde, morador del desierto. Pero si te pones a investigar la vida de Juan, verás que él nunca predijo ningún acontecimiento extraordinario. Desde el punto de vista humano, no brilló, no desfiló con una corona de oro, ni recibió laureles. Todo lo que hiso, fue preparar el camino para la llegada del mesías.
Un día, lo vio aparecer en una colina y señalándolo, les dijo a sus discípulos: “Eh ahí, el cordero de Dios que quita el pecado del mundo.” Y después de su bautismo, desapareció, fue hecho preso y en la prisión, dijo del Maestro: “Conviene que el crezca y que yo disminuya.” Finalmente fue decapitado, sin aparente pena ni gloria.
A los ojos del mundo podría ser un fracaso y sin embargo Jesús dijo que fue el más grande. La página gloriosa que escribió fue simplemente preparar. ¡Extraño! Porque al ser humano natural le gusta aparecer, ser la estrella de la fiesta. ¿Preparar? ¡Deja eso para los peones! Las estrellas solo aparecen a la hora del espectáculo.
Pero en el reino de Dios las cosas no son como en el reino de los hombres. El mismo Señor Jesús nos enseñó eso. Su palco fue una cruz, su gloria la humillación, sus aplausos, los gritos ensordecedores de una multitud histérica: ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! ¿Por qué con Juan podría haber sido diferente? ¿Por qué tendría que serlo conmigo o contigo?
Sal hoy para andar por los extraños senderos de esta vida, pero sal a “preparar”; atrévete a servir. Deja que los otros busquen el fulgor de las luces y el calor de las pantallas; tú, simplemente prepara. Pero, prepárate para una sorpresa. Los que buscaron el brillo a cualquier costo, podrán brillar por un instante, pero se apagarán, y el tiempo se encargará de hacerlos desaparecer en el polvo del olvido.
Tú sin embargo, brillarás por toda la eternidad, al lado de Juan y del Señor Jesús. Entonces ¡prepara! Porque: “Éste es de quien está escrito: He aquí, yo envío mi mensajero delante de tu faz, El cual preparará tu camino delante de ti.
Autoridad
Si te sientes esclavizado a algún vicio o hábito destructivo esta aniquilando tu vida confía en lo que dice la Escritura.
Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia. (Mateo 10:1)
La joven cayó arrojada por una fuerza descomunal. La audiencia asustada, no sabía si correr, quedarse, llorar, gritar u orar. Una cosa era cierta. Aquella bella joven estaba poseída por el demonio. Y cuando esto sucede el demonio se cree la estrella del espectáculo.
Mientras Jesús peregrinó en este mundo cumpliendo su misión se confrontó muchas veces con casos semejantes, seres humanos que por un motivo u otro habían entregado su voluntad al poder del enemigo. ¿Y qué hiso el Maestro? En su presencia las fuerzas demoniacas temblaban. El mal no podía resistir la presencia del bien, ni las tinieblas lograban soportar el brillo de la luz. ¿Qué podría hacer la muerte delante de la vida? ¿Qué poder maligno sería capaz de oponerse al creador del cielo y de la tierra? La biblia está llena de relatos que muestran el poder libertador de Cristo.
Pero antes de irse, el Maestro reunió a sus discípulos y les dio “autoridad” para expulsar demonios. Este versículo no habla solo de exorcismo. Habla de libertad. El poder libertador de Jesús está disponible hoy para todos los que con sinceridad lo buscan. Aquella noche mientras predicaba y el poder del maligno se manifestó, también se manifestó el poder libertador de Cristo y aquella joven que durante 3 años había sufrido horriblemente, retornó a su casa, feliz y libre en Cristo.
Muchos quedaron impresionados con este incidente y nadie percibió que el milagro más impresionante de aquella noche no fue la liberación de la joven, sino la entrega de uno de los más peligrosos delincuentes de Río de Janeiro. Joven, fornido, lleno de cicatrices en el cuerpo, me buscó al fin de la reunión y me dijo: “Pastor, yo entré peor que esa joven. Es verdad que a mí el demonio no me hecha al suelo ni me martiriza, como lo hacía con ella, pero yo soy un pobre esclavo de las drogas y de la violencia que asola esta ciudad, pero me he entregado a Jesús y siento paz en mi corazón.”
Así son las cosas con Jesús. Por eso, si te sientes esclavizado a algún vicio o hábito destructivo esta aniquilando tu vida confía en lo que dice la Escritura: “Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia.”
¡Sígueme!
Recuerda que Jesús pasa. Y aunque Él te espera, la vida no lo hará, se irá, inexorablemente.
Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y se levantó y le siguió. (Mateo 9:9)
La Biblia es un libro que llama. Una permanente invitación. Desde el jardín del edén, cuando Adán y Eva se escondieron del Padre y el Señor llamó: “Adán, ¿dónde estás?” Hasta el último libro de la Biblia que termina diciendo “Y el Espíritu y la esposa dicen ven.”
La Biblia, también presenta la respuesta de las personas a la invitación divina. Muchos aceptaron. Otros rechazaron. Hubo un tercer grupo que postergó la decisión. Ellos, sin querer, pasaron a formar parte del primer grupo. No decidir, es rechazar. El propio Jesús lo dijo: “El que no es conmigo, es contra mí y el que conmigo no recoge, desparrama.”
El versículo de hoy presenta el llamado de Mateo. Este hombre fue uno de los que se levantó y siguió a Jesús, sin vacilar. Aceptar la invitación de Jesús era cambiar completamente el rumbo de su vida. Él tenía una vida cómoda, dinero, empleo y buena posición social. Es verdad que el pueblo lo despreciaba por ser un funcionario público, pero eso no le afectaba mucho. Al fin de cuentas, tenía todo lo que el dinero es capaz de proporcionar. Pero no era feliz. Tener no es ser. Puedes tener abundancia de cosas pero no ser un hombre o una mujer feliz.
Pero Jesús llegó a Mateo y le presentó la invitación: “Sígueme.” Y Mateo no dudó. Se levantó, dejó todo y siguió al maestro. ¿Por qué tanta prisa? Porque Jesús “pasaba” afirma el texto. Jesús siempre pasa. En realidad, todo pasa en la vida y las oportunidades también son pasajeras, se van y raramente vuelven. Bueno Jesús se iba, pasaba; le presentó la invitación, lo llamó, pero se iba, continuaba su camino, y Mateo no lo pensó dos veces. Se levantó y lo siguió.
¿Hace cuanto tiempo Jesús te llama y tú postergas la decisión de seguirlo? ¿Cuántas veces más crees que el Señor te va a esperar? Recuerda que Jesús pasa. Y aunque Él te espera, la vida no lo hará, se irá, inexorablemente.
Acaba la primavera y el otoño llega. Y después el invierno. Solo que tratandose de las estaciones del año, tú sabes que la primavera regresará, pero con el corazón humano no sucede lo mismo. Cuando se endurece, se endurece para siempre.
Por eso, hoy, decide hacer lo que hiso Mateo. Recuerda: “Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y se levantó y le siguió.”
¿Quién es?
¿Por qué temer? Busca el poder de Dios en oración, conversa con tu Padre y después sal a enfrentar la tempestad y verás como todo se aquieta.
Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen? (Mateo 8:27)
La noche estaba oscura. Más oscura que nunca. Y había vientos fuertes, truenos y olas gigantescas. Todos los ingredientes necesarios para causar temor y llevar a la desesperación. Los seres humanos somos así. La naturaleza pecaminosa nos lleva a buscar las tinieblas pero al mismo tiempo las sombras y la oscuridad nos atemorizan. Corremos hacia la tempestad pero nuestro espíritu huye de ella. ¡Incoherencias de la vida! Aquella noche, en el mar de Galilea, los discípulos creyeron que la muerte había llegado. ¡Pobres seres humanos! Jesús, la propia vida, dormía en el barco, pero ellos pensaban que la tempestad traía consigo, a la muerte.
Muerte y vida. Vida o muerte. Son alternativas después que el pecado entró. Los discípulos corrieron en dirección de la vida y le dijeron a Jesús: “Despierta Señor, ¿no ves que perecemos?” Fue entonces que el milagro sucedió. Jesús ordenó que el mar se calmase y la naturaleza obedeció. Los vientos pararon de soplar, el mar se aquietó y el espíritu de los discípulos se inundó de paz. Pero al ver el hecho maravilloso, las personas se preguntaron, ¿Quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen?
¿Quién es este? Era el propio creador de los cielos y de la tierra. ¿Por qué su creación no se sujetaría a Él? Pero lo que me impresiona es que Jesús no realizó este milagro por su poder divino. Él era Dios. Plenamente Dios y plenamente hombre. Pero al venir a la tierra hizo un pacto con su padre. En esta tierra nada haría sin su consentimiento. Por lo tanto, Él no calmó la tempestad usando su divinidad, sino por el poder que recibía del Padre, mediante la comunión y de compañerismo que vivía con Él.
Jesús vino a este mundo, no solo a enseñarnos que es necesario obedecer, sino también a mostrarnos el camino que nos lleva a la obediencia: la sumisión completa a Dios, la entrega de la voluntad a Él, la vida de comunión permanente con la fuente de Poder que es Dios.
Por eso hoy, no te asustes con las tormentas que amenazan tu vida. Tu mar puede estar lleno de oscuridad, vientos fuertes y olas gigantescas. ¿Por qué temer? Busca el poder de Dios en oración, conversa con tu Padre y después sal a enfrentar la tempestad y verás como todo se aquieta. Talvez entonces, los hombres digan también de ti: ¿Quién es este que hasta los vientos y el mar le obedecen? Y tú respondas: Es solo un hijo humilde que busca al Señor todos los días.
¡Ámate!
Amate a ti mismo y proyecta en los otros la gratitud que sientes en tu corazón porque Dios te amó primero. No te olvides, ama a tu prójimo, pero como a ti mismo.
Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. (Mateo 22:39)
Esta es una orden divina. Ama a Dios, pero ámate también a ti. Si no te amas tú mismo, no podrás amar a los otros. Pero amarse a sí mismo con equilibrio, resulta difícil después de la entrada del pecado a este mundo. Necesitas sentirte digno de ser feliz y de realizarte como persona. Parece fácil pero no lo es. Implica reconocerte en condiciones de ser querido tal como eres.
El pecado hace dos cosas terribles. O te lleva a creer que eres el centro del universo, o hace que te sientas sin ningún derecho de ser feliz. Existe mucha gente que cuando se mira en un espejo no puede evitar compararse con los demás y cree que no vale nada y no sirve para nada. Eso es lo que aprendió desde niño, con la ayuda de padres exigentes que a veces le enseñaron a compararse con los demás.
Lo triste de todo esto es que el cuerpo expresa constantemente lo poco que te quieres, con malestares, y enfermedades. Los problemas de relación también son una evidencia de falta de autoestima, porque lo que haces contigo mismo, lo haces también con los demás. Gente querida, que vive a tu lado, termina siendo víctima de tu frustración y descontento.
Sí no te amas a ti mismo, ¿Cómo estarás siempre conforme, disfrutando de la vida y valorizando a los demás?
Tu vida se transformará en un calvario de calamidades y en una cadena de desencuentros, errores, fracasos y accidentes, que te harán sentir miserable.
Todo lo que parece estar mal a tu alrededor es resultado de un proceso autodestructivo inconsciente, de una forma de pensar negativa que solo crea problemas.
Pero la buena noticia es que Jesús vino a este mundo, no solo a morir por tus pecados, sino también, a devolverte el equilibrio de tu valor. Ama a Dios con todo tu corazón y el resultado natural de esa entrega será tu propia valorización.
Con este pensamiento en mente, sal para enfrentar las luchas de este nuevo día. Por donde vayas, valoriza a las personas, reconóceles la dignidad, enséñales a crecer. Quiere decir, ámate a ti mismo y proyecta en los otros la gratitud que sientes en tu corazón porque Dios te amó primero. No te olvides, ama a tu prójimo, pero como a ti mismo.